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lunes, 15 de diciembre de 2008

La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica

por Walter Benjamin







En un tiempo muy distinto del nuestro, y por hombres cuyo poder de acción sobre las cosas era insignificante comparado con el que nosotros poseemos, fueron instituidas nuestras Bellas Artes y fijados sus tipos y usos. Pero el acrecentamiento sorprendente de nuestros medios, la flexibilidad y la precisión que éstos alcanzan, las ideas y costumbres que introducen, nos aseguran respecto de cambios próximos y profundos en la antigua industria de lo Bello. En todas las artes hay una parte física que no puede ser tratada como antaño, que no puede sustraerse a la acometividad del conocimiento y la fuerza modernos. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son, desde hace veinte años, lo que han venido siendo desde siempre. Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la técnica de las artes y operen por tanto sobre la inventiva, llegando quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la noción misma del arte.


PAUL VALÉRY, Pièces sur l'art ("La conquête de l'ubiquité").




PRÓLOGO

Cuando Marx emprendió el análisis de la producción capitalista estaba ésta en sus comienzos. Marx orientaba su empeño de modo que cobrase valor de pronóstico. Se remontó hasta las relaciones fundamentales de dicha producción y las expuso de tal guisa que resultara de ellas lo que en el futuro pudiera esperarse del capitalismo. Y resultó que no sólo cabía esperar de él una explotación crecientemente agudizada de los proletarios, sino además el establecimiento de condiciones que posibilitan su propia abolición.

La transformación de la superestructura, que ocurre mucho más lentamente que la de la infraestructura, ha necesitado más de medio siglo para hacer vigente en todos los campos de la cultura el cambio de las condiciones de producción. En qué forma sucedió, es algo que sólo hoy puede indicarse. Pero de esas indicaciones debemos requerir determinados pronósticos. Poco corresponderán a tales requisitos las tesis sobre el arte del proletariado después de su toma del poder; mucho menos todavía algunas sobre el de la sociedad sin clases; más en cambio unas tesis acerca de las tendencias evolutivas del arte bajo las actuales condiciones de producción. Su dialéctica no es menos perceptible en la superestructura que en la economía. Por eso sería un error menospreciar su valor combativo. Dichas tesis dejan de lado una serie de conceptos heredados (como creación y genialidad, perennidad y misterio), cuya aplicación incontrolada, y por el momento difícilmente controlable, lleva a la elaboración del material fáctico en el sentido fascista. Los conceptos que seguidamente introducimos por vez primera en la teoría del arte se distinguen de los usuales en que resultan por completo inútiles para los fines del fascismo. Por el contrario, son utilizables para la formación de exigencias revolucionarias en la política artística.




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La obra de arte ha sido siempre fundamentalmente susceptible de reproducción. Lo que los hombres habían hecho, podía ser imitado por los hombres. Los alumnos han hecho copias como ejercicio artístico, los maestros las hacen para difundir las obras, y finalmente copian también terceros ansiosos de ganancias. Frente a todo ello, la reproducción técnica de la obra de arte es algo nuevo que se impone en la historia intermitentemente, a empellones muy distantes unos de otros, pero con intensidad creciente. Los griegos sólo conocían dos procedimientos de reproducción técnica: fundir y acuñar. Bronces, terracotas y monedas eran las únicas obras artísticas que pudieron reproducir en masa. Todas las restantes eran irrepetibles y no se prestaban a reproducción técnica alguna. La xilografía hizo que por primera vez se reprodujese técnicamente el dibujo, mucho tiempo antes de que por medio de la imprenta se hiciese lo mismo con la escritura. Son conocidas las modificaciones enormes que en la literatura provocó la imprenta, esto es, la reproductibilidad técnica de la escritura. Pero a pesar de su importancia, no representan más que un caso especial del fenómeno que aquí consideramos a escala de historia universal. En el curso de la Edad Media se añaden a la xilografía el grabado en cobre y el aguafuerte, así como la litografía a comienzos del siglo diecinueve.

Con la litografía, la técnica de la reproducción alcanza un grado fundamentalmente nuevo. El procedimiento, mucho más preciso, que distingue la transposición del dibujo sobre una piedra de su incisión en taco de madera o de su grabado al aguafuerte en una plancha de cobre, dio por primera vez al arte gráfico no sólo la posibilidad de poner masivamente (como antes) sus productos en el mercado, sino además la de ponerlos en figuraciones cada día nuevas. La litografía capacitó al dibujo para acompañar, ilustrándola, la vida diaria. Comenzó entonces a ir al paso con la imprenta. Pero en estos comienzos fue aventajado por la fotografía pocos decenios después de que se inventara la impresión litográfica. En el proceso de la reproducción plástica, la mano se descarga por primera vez de las incumbencias artísticas más importantes que en adelante van a concernir únicamente al ojo que mira por el objetivo. El ojo es más rápido captando que la mano dibujando; por eso se ha apresurado tantísimo el proceso de la reproducción plástica que ya puede ir a paso con la palabra hablada. Al rodar en el estudio, el operador de cine fija las imágenes con la misma velocidad con la que el actor habla. En la litografía se escondía virtualmente el periódico ilustrado y en la fotografía el cine sonoro. La reproducción técnica del sonido fue empresa acometida a finales del siglo pasado. Todos estos esfuerzos convergentes hicieron previsible una situación que Paul Valéry caracteriza con la frase siguiente: "Igual que el agua, el gas y la corriente eléctrica vienen a nuestras casas, para servirnos, desde lejos y por medio de una manipulación casi imperceptible, así estamos también provistos de imágenes y de series de sonidos que acuden a un pequeño toque, casi a un signo, y que del mismo modo nos abandonan" [1] Hacia 1900 la reproducción técnica había alcanzado un standard en el que no sólo comenzaba a convertir en tema propio la totalidad de las obras de arte heredadas (sometiendo además su función a modificación hondísimas), sino que también conquistaba un puesto específico entre los procedimientos artísticos. Nada resulta más instructivo para el estudio de ese standard que referir dos manifestaciones distintas, la reproducción de la obra artística y el cine, al arte en su figura tradicional.




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Incluso en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra. En dicha existencia singular, y en ninguna otra cosa, se realizó la historia a la que ha estado sometida en el curso de su perduración. También cuentan las alteraciones que haya padecido en su estructura física a lo largo del tiempo, así como sus eventuales cambios de propietario [2]. No podemos seguir el rastro de las primeras más que por medio de análisis físicos o químicos impracticables sobre una reproducción; el de los segundos es tema de una tradición cuya búsqueda ha de partir del lugar de origen de la obra.

El aquí y ahora del original constituye el concepto de su autenticidad. Los análisis químicos de la pátina de un bronce favorecerán que se fije si es auténtico; correspondientemente, la comprobación de que un determinado manuscrito medieval procede de un archivo del siglo XV favorecerá la fijación de su autenticidad. El ámbito entero de la autenticidad se sustrae a la reproductibilidad técnica -y desde luego que no sólo a la técnica- [3]. Cara a la reproducción manual, que normalmente es catalogada como falsificación, lo auténtico conserva su autoridad plena, mientras que no ocurre lo mismo cara a la reproducción técnica. La razón es doble. En primer lugar, la reproducción técnica se acredita como más independiente que la manual respecto del original. En la fotografía, por ejemplo, pueden resaltar aspectos del original accesibles únicamente a una lente manejada a propio antojo con el fin de seleccionar diversos puntos de vista, inaccesibles en cambio para el ojo humano. O con ayuda de ciertos procedimientos, como la ampliación o el retardador, retendrá imágenes que se le escapan sin más a la óptica humana. Además, puede poner la copia del original en situaciones inasequibles para éste. Sobre todo le posibilita salir al encuentro de su destinatario, ya sea en forma de fotografía o en la de disco gramofónico. La catedral deja su emplazamiento para encontrar acogida en el estudio de un aficionado al arte; la obra coral, que fue ejecutada en una sala o al aire libre, puede escucharse en una habitación.

Las circunstancias en que se ponga el producto de la reproducción de una obra de arte, quizás dejen intacta la consistencia de ésta, pero en cualquier caso deprecian su aquí y ahora. Aunque en modo alguno valga ésto sólo para una obra artística, sino que parejamente vale también, por ejemplo, para un paisaje que en el cine transcurre ante el espectador. Sin embargo, el proceso aqueja en el objeto de arte una médula sensibilísima que ningún objeto natural posee en grado tan vulnerable. Se trata de su autenticidad. La autenticidad de una cosa es la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración material hasta su testificación histórica. Como esta última se funda en la primera, que a su vez se le escapa al hombre en la reproducción, por eso se tambalea en ésta la testificación histórica de la cosa. Claro que sólo ella; pero lo que se tambalea de tal suerte es su propia autoridad. [4]

Resumiendo todas estas deficiencias en el concepto de aura, podremos decir: en la época de la reproducción técnica de la obra de arte lo que se atrofia es el aura de ésta. El proceso es sintomático; su significación señala por encima del ámbito artístico. Conforme a una formulación general: la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar las reproducciones pone su presencia masiva en el lugar de una presencia irrepetible. Y confiere actualidad a lo reproducido al permitirle salir, desde su situación respectiva, al encuentro de cada destinatario. Ambos procesos conducen a una fuerte conmoción de lo transmitido, a una conmoción de la tradición, que es el reverso de la actual crisis y de la renovación de la humanidad. Están además en estrecha relación con los movimientos de masas de nuestros días. Su agente más poderoso es el cine. La importancia social de éste no es imaginable incluso en su forma más positiva, y precisamente en ella, sin este otro lado suyo destructivo, catártico: la liquidación del valor de la tradición en la herencia cultural. Este fenómeno es sobre todo perceptible en las grandes películas históricas. Es éste un terreno en el que constantemente toma posiciones. Y cuando Abel Gance proclamó con entusiasmo en 1927: "Shakespeare, Rembrandt, Beethoven, harán cine... Todas las leyendas, toda la mitología y todos los mitos, todos los fundadores de religiones y todas las religiones incluso... esperan su resurrección luminosa, y los héroes se apelotonan, para entrar, ante nuestras puertas" [5], nos estaba invitando, sin saberlo, a una liquidación general.




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Dentro de grandes espacios históricos de tiempo se modifican, junto con toda la existencia de las colectividades humanas, el modo y manera de su percepción sensorial. Dichos modo y manera en que esa percepción se organiza, el medio en el que acontecen, están condicionados no sólo natural, sino también históricamente. El tiempo de la Invasión de los Bárbaros, en el cual surgieron la industria artística del Bajo Imperio y el Génesis de Viena,* trajo consigo además de un arte distinto del antiguo una percepción también distinta. Los eruditos de la escuela vienesa, Riegel y Wickhoff, hostiles al peso de la tradición clásica que sepultó aquel arte, son los primeros en dar con la ocurrencia de sacar de él conclusiones acerca de la organización de la percepción en el tiempo en que tuvo vigencia. Por sobresalientes que fueran sus conocimientos, su limitación estuvo en que nuestros investigadores se contentaron con indicar la signatura formal propia de la percepción en la época del Bajo Imperio. No intentaron (quizás ni siquiera podían esperarlo) poner de manifiesto las transformaciones sociales que hallaron expresión en esos cambios de la sensibilidad. En la actualidad son más favorables las condiciones para un atisbo correspondiente. Y si las modificaciones en el medio de la percepción son susceptibles de que nosotros, sus coetáneos, las entendamos como desmoronamiento del aura, sí que podremos poner de bulto sus condicionamientos sociales.

Conviene ilustrar el concepto de aura, que más arriba hemos propuesto para temas históricos, en el concepto de un aura de objetos naturales. Definiremos esta última como la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar). Descansar en un atardecer de verano y seguir con la mirada una cordillera en el horizonte o una rama que arroja su sombra sobre el que reposa, eso es aspirar el aura de esas montañas, de esa rama. De la mano de esta descripción es fácil hacer una cala en los condicionamientos sociales del actual desmoronamiento del aura. Estriba éste en dos circunstancias que a su vez dependen de la importancia creciente de las masas en la vida de hoy. A saber: acercar espacial y humanamente las cosas es una aspiración de las masas actuales [6] tan apasionada como su tendencia a superar la singularidad de cada dato acogiendo su reproducción. Cada día cobra una vigencia más irrecusable la necesidad de adueñarse de los objetos en la más próxima de las cercanías, en la imagen, más bien en la copia, en la reproducción. Y la reproducción, tal y como la aprestan los periódicos ilustrados y los noticiarios, se distingue inequívocamente de la imagen. En ésta, la singularidad y la perduración están imbricadas una en otra de manera tan estrecha como lo están en aquélla la fugacidad y la posible repetición. Quitarle su envoltura a cada objeto, triturar su aura, es la signatura de una percepción cuyo sentido para lo igual en el mundo ha crecido tanto que incluso, por medio de la reproducción, le gana terreno a lo irrepetible. Se denota así en el ámbito plástico lo que en el ámbito de la teoría advertimos como un aumento de la importancia de la estadística. La orientación de la realidad a las masas y de éstas a la realidad es un proceso de alcance ilimitado tanto para el pensamiento como para la contemplación.




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La unicidad de la obra de arte se identifica con su ensamblamiento en el contexto de la tradición. Esa tradición es desde luego algo muy vivo, algo extraordinariamente cambiante. Una estatua antigua de Venus, por ejemplo, estaba en un contexto tradicional entre los griegos, que hacían de ella objeto de culto, y en otro entre los clérigos medievales que la miraban como un ídolo maléfico. Pero a unos y a otros se les enfrentaba de igual modo su unicidad, o dicho con otro término: su aura. La índole original del ensamblamiento de la obra de arte en el contexto de la tradición encontró su expresión en el culto. Las obras artísticas más antiguas sabemos que surgieron al servicio de un ritual primero mágico, luego religioso. Es de decisiva importancia que el modo aurático de existencia de la obra de arte jamás se desligue de la función ritual [7]. Con otras palabras: el valor único de la auténtica obra artística se funda en el ritual en el que tuvo su primer y original valor útil. Dicha fundamentación estará todo lo mediada que se quiera, pero incluso en las formas más profanas del servicio a la belleza resulta perceptible en cuanto ritual secularizado [8]. Este servicio profano, que se formó en el Renacimiento para seguir vigente por tres siglos, ha permitido, al transcurrir ese plazo y a la primera conmoción grave que le alcanzara, reconocer con toda claridad tales fundamentos. Al irrumpir el primer medio de reproducción de veras revolucionario, a saber la fotografía (a un tiempo con el despunte del socialismo), el arte sintió la proximidad de la crisis (que después de otros cien años resulta innegable), y reaccionó con la teoría de "l'art pour l'art", esto es, con una teología del arte. De ella procedió ulteriormente ni más ni menos que una teología negativa en figura de la idea de un arte "puro" que rechaza no sólo cualquier función social, sino además toda determinación por medio de un contenido objetual. (En la poesía, Mallarmé ha sido el primero en alcanzar esa posición).

Hacer justicia a esta serie de hechos resulta indispensable para una cavilación que tiene que habérselas con la obra de arte en la época de su reproducción técnica. Esos hechos preparan un atisbo decisivo en nuestro tema: por primera vez en la historia universal, la reproductibilidad técnica emancipa a la obra artística de su existencia parasitaria en un ritual. La obra de arte reproducida se convierte, en medida siempre creciente, en reproducción de una obra artística dispuesta para ser reproducida [9]. De la placa fotográfica, por ejemplo, son posibles muchas copias; preguntarse por la copia auténtica no tendría sentido alguno. Pero en el mismo instante en que la norma de la autenticidad fracasa en la producción artística, se trastorna la función íntegra del arte. En lugar de su fundamentación en un ritual aparece su fundamentación en una praxis distinta, a saber en la política.




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La recepción de las obras de arte sucede bajo diversos acentos entre los cuales hay dos que destacan por su polaridad. Uno de esos acentos reside en el valor cultural, el otro en el valor exhibitivo de la obra artística [10]. La producción artística comienza con hechuras que están al servicio del culto. Presumimos que es más importante que dichas hechuras estén presentes y menos que sean vistas. El alce que el hombre de la Edad de Piedra dibuja en las paredes de su cueva es un instrumento mágico. Claro que lo exhibe ante sus congéneres; pero está sobre todo destinado a los espíritus. Hoy nos parece que el valor cultural empuja a la obra de arte a mantenerse oculta: ciertas estatuas de dioses sólo son accesibles a los sacerdotes en la "cella". Ciertas imágenes de Vírgenes permanecen casi todo el año encubiertas, y determinadas esculturas de catedrales medievales no son visibles para el espectador que pisa el santo suelo. A medida que las ejercitaciones artísticas se emancipan del regazo ritual, aumentan las ocasiones de exhibición de sus productos. La capacidad exhibitiva de un retrato de medio cuerpo, que puede enviarse de aquí para allá, es mayor que la de la estatua de un dios, cuyo puesto fijo es el interior del templo. Y si quizás la capacidad exhibitiva de una misa no es de por sí menor que la de una sinfonía, la sinfonía ha surgido en un tiempo en el que su exhibición prometía ser mayor que la de una misa.

Con los diversos métodos de su reproducción técnica han crecido en grado tan fuerte las posibilidades de exhibición de la obra de arte, que el corrimiento cuantitativo entre sus dos polos se torna, como en los tiempos primitivos, en una modificación cualitativa de su naturaleza. A saber, en los tiempos primitivos, y a causa de la preponderancia absoluta de su valor cultural, fue en primera línea un instrumento de magia que sólo más tarde se reconoció en cierto modo como obra artística; y hoy la preponderancia absoluta de su valor exhibitivo hace de ella una hechura con funciones por entero nuevas entre las cuales la artística -la que nos es consciente- se destaca como la que más tarde tal vez se reconozca en cuanto accesoria [11]. Por lo menos es seguro que actualmente la fotografía y además el cine proporcionan las aplicaciones más útiles de ese conocimiento.




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En la fotografía, el valor exhibitivo comienza a reprimir en toda la línea al valor cultural. Pero éste no cede sin resistencia. Ocupa una última trinchera que es el rostro humano. En modo alguno es casual que en los albores de la fotografía el retrato ocupe un puesto central. El valor cultural de la imagen tiene su último refugio en el culto al recuerdo de los seres queridos, lejanos o desaparecidos. En las primeras fotografías vibra por vez postrera el aura en la expresión fugaz de una cara humana. Y esto es lo que constituye su belleza melancólica e incomparable. Pero cuando el hombre se retira de la fotografía, se opone entonces, superándolo, el valor exhibitivo al cultural. Atget es sumamente importante por haber localizado este proceso al retener hacia 1900 las calles de París en aspectos vacíos de gente. Con mucha razón se ha dicho de él que las fotografió como si fuesen el lugar del crimen. Porque también éste está vacío y se le fotografía a causa de los indicios. Con Atget comienzan las placas fotográficas a convertirse en pruebas en el proceso histórico. Y así es como se forma su secreta significación histórica. Exigen una recepción en un sentido determinado. La contemplación de vuelos propios no resulta muy adecuada. Puesto que inquietan hasta tal punto a quien las mira, que para ir hacia ellas siente tener que buscar un determinado camino. Simultáneamente los periódicos ilustrados comienzan a presentarle señales indicadoras. Acertadas o erróneas, da lo mismo. Por primera vez son en esos periódicos obligados los pies de las fotografías. Y claro está que éstos tiene un carácter muy distinto al del título de un cuadro. El que mira una revista ilustrada recibe de los pies de sus imágenes unas directivas que en el cine se harán más precisas e imperiosas, ya que la comprensión de cada imagen aparece prescrita por la serie de todas las imágenes precedentes.




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Aberrante y enmarañada se nos antoja hoy la disputa sin cuartel que al correr el siglo diecinueve mantuvieron la fotografía y la pintura en cuanto al valor artístico de sus productos. Pero no pondremos en cuestión su importancia, sino que más bien podríamos subrayarla. De hecho esa disputa era expresión de un trastorno en la historia universal del que ninguno de los dos contendientes era consciente. La época de su reproductibilidad técnica desligó al arte de su fundamento cultural: y el halo de su autonomía se extinguió para siempre. Se produjo entonces una modificación en la función artística que cayó fuera del campo de visión del siglo. E incluso se le ha escapado durante tiempo al siglo veinte, que es el que ha vivido el desarrollo del cine.

En vano se aplicó por de pronto mucha agudeza para decidir si la fotografía es un arte (sin plantearse la cuestión previa sobre si la invención de la primera no modificaba por entero el carácter del segundo). Enseguida se encargaron los teóricos del cine de hacer el correspondiente y precipitado planteamiento. Pero las dificultades que la fotografía deparó a la estética tradicional fueron juego de niños comparadas con las que aguardaban a esta última en el cine. De ahí esa ciega vehemencia que caracteriza los comienzos de la teoría cinematográfica. Abel Gance, por ejemplo, compara el cine con los jeroglíficos: "Henos aquí, en consecuencia de un prodigioso retroceso, otra vez en el nivel de expresión de los egipcios... El lenguaje de las imágenes no está todavía a punto, porque nosotros no estamos aún hechos para ellas. No hay por ahora suficiente respeto, suficiente culto por lo que expresan" [12]. También Séverin-Mars escribe: "¿Qué otro arte tuvo un sueño más altivo... a la vez más poético y más real? Considerado desde este punto de vista representaría el cine un medio incomparable de expresión, y en su atmósfera debieran moverse únicamente personas del más noble pensamiento y en los momentos más perfectos y misteriosos de su carrera" [13]. Por su parte, Alexandre Arnoux concluye una fantasía sobre el cine mudo con tamaña pregunta: "Todos los términos audaces que acabamos de emplear, ¿no definen al fin y al cabo la oración?" [14]. Resulta muy instructivo ver cómo, obligados por su empeño en ensamblar el cine en el arte, esos teóricos ponen en su interpretación, y por cierto sin reparo de ningún tipo, elementos culturales. Y sin embargo, cuando se publicaron estas especulaciones ya existían obras como La opinión pública y La quimera del oro. Lo cual no impide a Abel Gance aducir la comparación con los jeroglíficos y a Séverin-Mars hablar del cine como podría hablarse de las pinturas de Fra Angelico. Es significativo que autores especialmente reaccionarios busquen hoy la importancia del cine en la misma dirección, si no en lo sacral, sí desde luego en lo sobrenatural. Con motivo de la realización de Reinhardt del Sueño de una noche de verano afirma Werfel que no cabe duda de que la copia estéril del mundo exterior con sus calles, sus interiores, sus estaciones, sus restaurantes, sus autos y sus playas es lo que hasta ahora ha obstruido el camino para que el cine ascienda al reino del arte. "El cine no ha captado todavía su verdadero sentido, sus posibilidades reales... Estas consisten en su capacidad singularísima para expresar, con medios naturales y con una fuerza de convicción incomparable, lo quimérico, lo maravilloso, lo sobrenatural" [15].




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En definitiva, el actor de teatro presenta él mismo en persona al público su ejecución artística; por el contrario, la del actor de cine es presentada por medio de todo un mecanismo. Esto último tiene dos consecuencias. El mecanismo que pone ante el público la ejecución del actor cinematográfico no está atenido a respetarla en su totalidad. Bajo la guía de la cámara va tomando posiciones a su respecto. Esta serie de posiciones, que el montador compone con el material que se le entrega, constituye la película montada por completo. La cual abarca un cierto número de momentos dinámicos que en cuanto tales tiene que serle conocidos a la cámara (para no hablar de enfoques especiales o de grandes planos). La actuación del actor está sometida por tanto a una serie de tests ópticos. Y ésta es la primera consecuencia de que su trabajo se exhiba por medio de un mecanismo. La segunda consecuencia estriba en que este actor, puesto que no es él mismo quien presenta a los espectadores su ejecución, se ve mermado en la posibilidad, reservada al actor de teatro, de acomodar su actuación al público durante la función. El espectador se encuentra pues en la actitud del experto que emite un dictamen sin que para ello le estorbe ningún tipo de contacto personal con el artista. Se compenetra con el actor sólo en tanto que se compenetra con el aparato. Adopta su actitud: hace test [16]. Y no es ésta una actitud a la que puedan someterse valores culturales.




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Al cine le importa menos que el actor represente ante el público un personaje; lo que le importa es que se represente a sí mismo ante el mecanismo. Pirandello ha sido uno de los primeros en dar con este cambio que los tests imponen al actor. Las advertencias que hace a este respecto en su novela Se rueda quedan perjudicadas, pero sólo un poco, al limitarse a destacar el lado negativo del asunto. Menos aún les daña que se refieran únicamente al cine mudo. Puesto que el cine sonoro no ha introducido en este orden ninguna alteración fundamental. Sigue siendo decisivo representar para un aparato -o en el caso del cine sonoro para dos. "El actor de cine", escribe Pirandello, "se siente como en el exilio. Exiliado no sólo de la escena, sino de su propia persona. Con un oscuro malestar percibe el vacío inexplicable debido a que su cuerpo se convierte en un síntoma de deficiencia que se volatiliza y al que se expolia de su realidad, de su vida, de su voz y de los ruidos que produce al moverse, transformándose entonces en una imagen muda que tiembla en la pantalla un instante y que desaparece enseguida quedamente... La pequeña máquina representa ante el público su sombra, pero él tiene que contentarse con representar ante la máquina"[17]. He aquí un estado de cosas que podríamos caracterizar así: por primera vez -y esto es obra del cine- llega el hombre a la situación de tener que actuar con toda su persona viva, pero renunciando a su aura. Porque el aura está ligada a su aquí y ahora. Del aura no hay copia. La que rodea a Macbeth en escena es inseparable de la que, para un público vivo, ronda al actor que le representa. Lo peculiar del rodaje en el estudio cinematográfico consiste en que los aparatos ocupan el lugar del público. Y así tiene que desaparecer el aura del actor y con ella la del personaje que representa.

No es sorprendente que en su análisis del cine un dramaturgo como Pirandello toque instintivamente el fondo de la crisis que vemos sobrecoge al teatro. La escena teatral es de hecho la contrapartida más resuelta respecto de una obra de arte captada íntegramente por la reproducción técnica y que incluso, como el cine, procede de ella. Así lo confirma toda consideración mínimamente intrínseca. Espectadores peritos, como Arnheim en 1932, se han percatado hace tiempo de que en el cine "casi siempre se logran los mayores efectos si se actúa lo menos posible... El último progreso consiste en que se trata al actor como a un accesorio escogido característicamente... al cual se coloca en un lugar adecuado"[18]. Pero hay otra cosa que tiene con esto estrecha conexión. El artista que actúa en escena se transpone en un papel. Lo cual se le niega frecuentemente al actor de cine. Su ejecución no es unitaria, sino que se compone de muchas ejecuciones. Junto a miramientos ocasionales por el precio del alquiler de los estudios, por la disponibilidad de los colegas, por el decorado, etc., son necesidades elementales de la maquinaria las que desmenuzan la actuación del artista en una serie de episodios montables. Se trata sobre todo de la iluminación, cuya instalación obliga a realizar en muchas tomas, distribuidas a veces en el estudio en horas diversas, la exposición de un proceso que en la pantalla aparece como un veloz decurso unitario. Para no hablar de montajes mucho más palpables. El salto desde una ventana puede rodarse en forma de salto desde el andamiaje en los estudios y, si se da el caso, la fuga subsiguiente se tomará semanas más tarde en exteriores. Por lo demás es fácil construir casos muchísimo más paradójicos. Tras una llamada a la puerta se exige al actor que se estremezca. Quizás ese sobresalto no ha salido tal y como se desea. El director puede entonces recurrir a la estratagema siguiente: cuando el actor se encuentre ocasionalmente otra vez en el estudio le disparan, sin que él lo sepa, un tiro por la espalda. Se filma su susto en ese instante y se monta luego en la película. Nada pone más drásticamente de bulto que el arte se ha escapado del reino del halo de lo bello, único en el que se pensó por largo tiempo que podía alcanzar florecimiento.




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El extrañamiento del actor frente al mecanismo cinematográfico es de todas, tal y como lo describe Pirandello, de la misma índole que el que siente el hombre ante su aparición en el espejo. Pero es que ahora esa imagen del espejo puede despegarse de él, se ha hecho transportable. ¿Y adónde se la transporta? Ante el público [19]. Ni un sólo instante abandona al actor de cine la consciencia de ello. Mientras está frente a la cámara sabe que en última instancia es con el público con quien tiene que habérselas: con el público de consumidores que forman el mercado. Este mercado, al que va no sólo con su fuerza de trabajo, sino con su piel, con sus entrañas todas, le resulta, en el mismo instante en que determina su actuación para él, tan poco asible como lo es para cualquier artículo que se hace en una fábrica. ¿No tendrá parte esta circunstancia en la congoja, en esa angustia que, según Pirandello, sobrecoge al actor ante el aparato? A la atrofia del aura el cine responde con una construcción artificial de la personality fuera de los estudios; el culto a las "estrellas", fomentado por el capital cinematográfico, conserva aquella magia de la personalidad, pero reducida, desde hace ya tiempo, a la magia averiada de su carácter de mercancía. Mientras sea el capital quien de en él el tono, no podrá adjudicársele al cine actual otro mérito revolucionario que el de apoyar una crítica revolucionaria de las concepciones que hemos heredado sobre el arte. Claro que no discutimos que en ciertos casos pueda hoy el cine apoyar además una crítica revolucionaria de las condiciones sociales, incluso del orden de la propiedad. Pero no es éste el centro de gravedad de la presente investigación (ni lo es tampoco de la producción cinematográfica de Europa occidental).

Es propio de la técnica del cine, igual que de la del deporte, que cada quisque asista a sus exhibiciones como un medio especialista. Bastaría con haber escuchado discutir los resultados de una carrera ciclista a un grupo de repartidores de periódicos, recostados sobre sus bicicletas, para entender semejante estado de la cuestión. Los editores de periódicos no han organizado en balde concursos de carreras entre sus jóvenes repartidores. Y por cierto que despiertan gran interés en los participantes. El vencedor tiene la posibilidad de ascender de repartidor de diarios a corredor de carreras. Los noticiarios, por ejemplo, abren para todos la perspectiva de ascender de transeúntes a comparsas en la pantalla. De este modo puede en ciertos casos hasta verse incluido en una obra de arte -recordemos Tres canciones sobre Lenin de Wertoff o Borinage de Ivens. Cualquier hombre aspirará hoy a participar en un rodaje. Nada ilustrará mejor esta aspiración que una cala en la situación histórica de la literatura actual.

Durante siglos las cosas estaban así en la literatura: a un escaso número de escritores se enfrentaba un número de lectores mil veces mayor. Pero a fines del siglo pasado se introdujo un cambio. Con la creciente expansión de la prensa, que proporcionaba al público lector nuevos órganos políticos, religiosos, científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor de esos lectores pasó, por de pronto ocasionalmente, del lado de los que escriben. La cosa empezó al abrirles su buzón la prensa diaria; hoy ocurre que apenas hay un europeo en curso de trabajo que no haya encontrado alguna vez ocasión de publicar una experiencia laboral, una queja, un reportaje o algo parecido. La distinción entre autores y público está por tanto a punto de perder su carácter sistemático. Se convierte en funcional y discurre de distinta manera en distintas circunstancias. El lector está siempre dispuesto a pasar a ser un escritor. En cuanto perito (que para bien o para mal en perito tiene que acabar en un proceso laboral sumamente especializado, si bien su peritaje lo será sólo de una función mínima), alcanza acceso al estado de autor. En la Unión Soviética es el trabajo mismo el que toma la palabra. Y su exposición verbal constituye una parte de la capacidad que es requisito para su ejercicio. La competencia literaria ya no se funda en una educación especializada, sino politécnica. Se hace así patrimonio común [20].

Todo ello puede transponerse sin más al cine, donde ciertas remociones, que en la literatura han reclamado siglos, se realizan en el curso de un decenio. En la praxis cinematográfica -sobre todo en la rusa- se ha consumado ya esa remoción esporádicamente. Una parte de los actores que encontramos en el cine ruso no son actores en nuestro sentido, sino gentes que desempeñan su propio papel, sobre todo en su actividad laboral. En Europa occidental la explotación capitalista del cine prohibe atender la legítima aspiración del hombre actual a ser reproducido. En tales circunstancias la industria cinematográfica tiene gran interés en aguijonear esa participación de las masas por medio de representaciones ilusorias y especulaciones ambivalentes.




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El rodaje de una película, y especialmente de una película sonora, ofrece aspectos que eran antes completamente inconcebibles. Representa un proceso en el que es imposible ordenar una sola perspectiva sin que todo un mecanismo (aparatos de iluminación, cuadro de ayudantes, etc.), que de suyo no pertenece a la escena filmada, interfiera en el campo visual del espectador (a no ser que la disposición de su pupila coincida con la de la cámara). Esta circunstancia hace, más que cualquier otra, que las semejanzas, que en cierto modo se dan entre una escena en el estudio cinematográfico y en las tablas, resulten superficiales y de poca monta. El teatro conoce por principio el emplazamiento desde el que no se descubre sin más ni más que lo que sucede es ilusión. En el rodaje de una escena cinematográfica no existe ese emplazamiento. La naturaleza de su ilusión es de segundo grado; es un resultado del montaje. Lo cual significa: en el estudio de cine el mecanismo ha penetrado tan hondamente en la realidad que el aspecto puro de ésta, libre de todo cuerpo extraño, es decir técnico, no es más que el resultado de un procedimiento especial, a saber el de la toma por medio de un aparato fotográfico dispuesto a este propósito y su montaje con otras tomas de igual índole. Despojada de todo aparato, la realidad es en este caso sobremanera artificial, y en el país de la técnica la visión de la realidad inmediata se ha convertido en una flor imposible.

Este estado de la cuestión, tan diferente del propio del teatro, es susceptible de una confrontación muy instructiva con el que se da en la pintura. Es preciso que nos preguntemos ahora por la relación que hay entre el operador y el pintor. Nos permitiremos una construcción auxiliar apoyada en el concepto de operador usual en cirugía. El cirujano representa el polo de un orden cuyo polo opuesto ocupa el mago. La actitud del mago, que cura al enfermo imponiéndole las manos, es distinta de la del cirujano que realiza una intervención. El mago mantiene la distancia natural entre él mismo y su paciente. Dicho más exactamente: la aminora sólo un poco por virtud de la imposición de sus manos, pero la acrecienta mucho por virtud de su autoridad. El cirujano procede al revés: aminora mucho la distancia para con el paciente al penetrar dentro de él, pero la aumenta sólo un poco por la cautela con que sus manos se mueven entre sus órganos. En una palabra: a diferencia del mago (y siempre hay uno en el médico de cabecera) el cirujano renuncia en el instante decisivo a colocarse frente a su enfermo como hombre frente a hombre; más bien se adentra en él operativamente. Mago y cirujano se comportan uno respecto del otro como el pintor y el cámara. El primero observa en su trabajo una distancia natural para con su dato; el cámara por el contrario se adentra hondo en la texura de los datos [21]. Las imágenes que consiguen ambos son enormemente diversas. La del pintor es total y la del cámara múltiple, troceada en partes que se juntan según una ley nueva. La representación cinematográfica de la realidad es para el hombre actual incomparablemente más importante, puesto que garantiza, por razón de su intensa compenetración con el aparato, un aspecto de la realidad despojado de todo aparato que ese hombre está en derecho de exigir de la obra de arte.




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La reproductibilidad técnica de la obra artística modifica la relación de la masa para con el arte. De retrógrada, frente a un Picasso por ejemplo, se transforma en progresiva, por ejemplo cara a un Chaplin. Este comportamiento progresivo se caracteriza porque el gusto por mirar y por vivir se vincula en él íntima e inmediatamente con la actitud del que opina como perito. Esta vinculación es un indicio social importante. A saber, cuanto más disminuye la importancia social de un arte, tanto más se disocian en el público la actitud crítica y la fruitiva. De lo convencional se disfruta sin criticarlo, y se critica con aversión lo verdaderamente nuevo. En el público del cine coinciden la actitud crítica y la fruitiva. Y desde luego que la circunstancia decisiva es ésta: las reacciones de cada uno, cuya suma constituye la reacción masiva del público, jamás han estado como en el cine tan condicionadas de antemano por su inmediata, inminente masificación. Y en cuanto se manifiestan, se controlan. La comparación con la pintura sigue siendo provechosa. Un cuadro ha tenido siempre la aspiración eminente a ser contemplado por uno o por pocos. La contemplación simultánea de cuadros por parte de un gran público, tal y como se generaliza en el siglo XIX, es un síntoma temprano de la crisis de la pintura, que en modo alguno desató solamente la fotografía, sino que con relativa independencia de ésta fue provocada por la pretensión por parte de la obra de arte de llegar a las masas.

Ocurre que la pintura no está en situación de ofrecer objeto a una recepción simultánea y colectiva. Desde siempre lo estuvo en cambio la arquitectura, como lo estuvo antaño el epos y lo está hoy el cine. De suyo no hay por qué sacar de este hecho conclusiones sobre el papel social de la pintura, aunque sí pese sobre ella como perjuicio grave cuando, por circunstancias especiales y en contra de su naturaleza, ha de confrontarse con las masas de una manera inmediata. En las iglesias y monasterios de la Edad Media, y en las cortes principescas hasta casi finales del siglo dieciocho, la recepción colectiva de pinturas no tuvo lugar simultáneamente, sino por mediación de múltiples grados jerárquicos. Al suceder de otro modo, cobra expresión el especial conflicto en que la pintura se ha enredado a causa de la reproductibilidad técnica de la imagen. Por mucho que se ha intentado presentarla a las masas en museos y en exposiciones, no se ha dado con el camino para que esas masas puedan organizar y controlar su recepción [22]. Y así el mismo público que es retrógado frente al surrealismo, reaccionará progresivamente ante una película cómica.




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El cine no sólo se caracteriza por la manera como el hombre se presenta ante el aparato, sino además por cómo con ayuda de éste se representa el mundo en torno. Una ojeada a la psicología del rendimiento nos ilustrará sobre la capacidad del aparato para hacer tests. Otra ojeada al psicoanálisis nos ilustrará sobre lo mismo bajo otro aspecto. El cine ha enriquecido nuestro mundo perceptivo con métodos que de hecho se explicarían por los de la teoría freudiana. Un lapsus en la conversación pasaba hace cincuenta años más o menos desapercibido. Resultaba excepcional que de repente abriese perspectivas profundas en esa conversación que parecía antes discurrir superficialmente. Pero todo ha cambiado desde la Psicopatología de la vida cotidiana. Esta ha aislado cosas (y las ha hecho analizables), que antes nadaban inadvertidas en la ancha corriente de lo percibido. Tanto en el mundo óptico, como en el acústico, el cine ha traído consigo una profundización similar de nuestra apercepción. Pero esta situación tiene un reverso: las ejecuciones que expone el cine son pasibles de análisis mucho más exacto y más rico en puntos de vista que el que se llevaría a cabo sobre las que se representan en la pintura o en la escena. El cine indica la situación de manera incomparablemente más precisa, y esto es lo que constituye su mayor susceptibilidad de análisis frente a la pintura; respecto de la escena, dicha capacidad está condicionada porque en el cine hay también más elementos susceptibles de ser aislados. Tal circunstancia tiende a favorecer -y de ahí su capital importancia- la interpenetración recíproca de ciencia y arte. En realidad, apenas puede señalarse si un comportamiento limpiamente dispuesto dentro de una situación determinada (como un músculo en un cuerpo) atrae más por su valor artístico o por la utilidad científica que rendiría. Una de las funciones revolucionarias del cine consistirá en hacer que se reconozca que la utilización científica de la fotografía y su utilización artística son idénticas. Antes iban generalmente cada una por su lado [23].

Haciendo primeros planos de nuestro inventario, subrayando detalles escondidos de nuestros enseres más corrientes, explorando entornos triviales bajo la guía genial del objetivo, el cine aumenta por un lado los atisbos en el curso irresistible por el que rige nuestra existencia, pero por otro lado nos asegura un ámbito de acción insospechado, enorme. Parecía que nuestros bares, nuestras oficinas, nuestras viviendas amuebladas, nuestras estaciones y fábricas nos aprisionaban sin esperanza. Entonces vino el cine y con la dinamita de sus décimas de segundo hizo saltar ese mundo carcelario. Y ahora emprendemos entre sus dispersos escombros viajes de aventuras. Con el primer plano se ensancha el espacio y bajo el retardador se alarga el movimiento. En una ampliación no sólo se trata de aclarar lo que de otra manera no se veía claro, sino que más bien aparecen en ella formaciones estructurales del todo nuevas. Y tampoco el retardador se limita a aportar temas conocidos del movimiento, sino que en éstos descubre otros enteramente desconocidos que "en absoluto operan como lentificaciones de movimientos más rápidos, sino propiamente en cuanto movimientos deslizantes, flotantes, supraterrenales"[24]. Así es como resulta perceptible que la naturaleza que habla a la cámara no es la misma que la que habla al ojo. Es sobre todo distinta porque en lugar de un espacio que trama el hombre con su consciencia presenta otro tramado inconscientemente. Es corriente que pueda alguien darse cuenta, aunque no sea más que a grandes rasgos, de la manera de andar de las gentes, pero desde luego que nada sabe de su actitud en esa fracción de segundo en que comienzan a alargar el paso. Nos resulta más o menos familiar el gesto que hacemos al coger el encendedor o la cuchara, pero apenas si sabemos algo de lo que ocurre entre la mano y el metal, cuanto menos de sus oscilaciones según los diversos estados de ánimo en que nos encontremos. Y aquí es donde interviene la cámara con sus medios auxiliares, sus subidas y sus bajadas, sus cortes y su capacidad aislativa, sus dilataciones y arrezagamientos de un decurso, sus ampliaciones y disminuciones. Por su virtud experimentamos el inconsciente óptico, igual que por medio el psicoanálisis nos enteramos del inconsciente pulsional.




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Desde siempre ha venido siendo uno de los cometidos más importantes del arte provocar una demanda cuando todavía no ha sonado la hora de su satisfacción plena [25]. La historia de toda forma artística pasa por tiempos críticos en los que tiende a urgir efectos que se darían sin esfuerzo alguno en un tenor técnico modificado, esto es, en una forma artística nueva. Y así las extravagancias y crudezas del arte, que se producen sobre todo en los llamados tiempos decadentes, provienen en realidad de su centro virtual histórico más rico. Últimamente el dadaísmo ha rebosado de semejantes barbaridades. Sólo ahora entendemos su impulso: el dadaísmo intentaba, con los medios de la pintura (o de la literatura respectivamente), producir los efectos que el público busca hoy en el cine.

Toda provocación de demandas fundamentalmente nuevas, de esas que abren caminos, se dispara por encima de su propia meta. Así lo hace el dadaísmo en la medida en que sacrifica valores del mercado, tan propios del cine, en favor de intenciones más importantes de las que, tal y como aquí las describimos, no es desde luego consciente. Los dadaístas dieron menos importancia a la utilidad mercantil de sus obras de arte que a su inutilidad como objetos de inmersión contemplativa. Y en buena parte procuraron alcanzar esa inutilidad por medio de una degradación sistemática de su material. Sus poemas son "ensaladas de palabras" que contienen giros obscenos y todo detritus verbal imaginable. E igual pasa con sus cuadros, sobre los que montaban botones o billetes de tren o de metro o de tranvía. Lo que consiguen de esta manera es una destrucción sin miramientos del aura de sus creaciones. Con los medios de producción imprimen en ellas el estigma de las reproducciones. Ante un cuadro de Arp o un poema de August Stramm es imposible emplear un tiempo en recogerse y formar un juicio, tal y como lo haríamos ante un cuadro de Derain o un poema de Rilke. Para una burguesía degenerada el recogimiento se convirtió en una escuela de conducta asocial, y a él se le enfrenta ahora la distracción como una variedad de comportamiento social [26]. Al hacer de la obra de arte un centro de escándalo, las manifestaciones dadaístas garantizaban en realidad una distracción muy vehemente. Había sobre todo que dar satisfacción a una exigencia, provocar escándalo público.

De ser una apariencia atractiva o una hechura sonora convincente, la obra de arte pasó a ser un proyectil. Chocaba con todo destinatario. Había adquirido una calidad táctil. Con lo cual favoreció la demanda del cine, cuyo elemento de distracción es táctil en primera línea, es decir que consiste en un cambio de escenarios y de enfoque que se adentran en el espectador como un choque. Comparemos el lienzo (pantalla) sobre el que se desarrolla la película con el lienzo en el que se encuentra una pintura. Este último invita a la contemplación; ante él podemos abandonarnos al fluir de nuestras asociaciones de ideas. Y en cambio no podremos hacerlo ante un plano cinematográfico. Apenas lo hemos registrado con los ojos y ya ha cambiado. No es posible fijarlo. Duhamel, que odia el cine y no ha entendido nada de su importancia, pero sí lo bastante de su estructura, anota esta circunstancia del modo siguiente: "Ya no puedo pensar lo que quiero. Las imágenes movedizas sustituyen a mis pensamientos" [27]. De hecho, el curso de las asociaciones en la mente de quien contempla las imágenes queda enseguida interrumpido por el cambio de éstas. Y en ello consiste el efecto del choque del cine que, como cualquier otro, pretende ser captado gracias a una presencia de espíritu más intensa [28]. Por virtud de su estructura técnica el cine ha liberado al efecto físico de choque del embalaje por así decirlo moral en que lo retuvo el dadaísmo[29].




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La masa es una matriz de la que actualmente surte, como vuelto a nacer, todo comportamiento consabido frente a las obras artísticas. La cantidad se ha convertido en calidad: el crecimiento masivo del número de participantes ha modificado la índole de su participación. Que el observador no se llame a engaño porque dicha participación aparezca por de pronto bajo una forma desacreditada. No han faltado los que, guiados por su pasión, se han atenido precisamente a este lado superficial del asunto. Duhamel es entre ellos el que se ha expresado de modo más radical. Lo que agradece al cine es esa participación peculiar que despierta en las masas. Le llama "pasatiempo para parias, disipación para iletrados, para criaturas miserables aturdidas por sus trajines y sus preocupaciones..., un espectáculo que no reclama esfuerzo alguno, que no supone continuidad en las ideas, que no plantea ninguna pregunta, que no aborda con seriedad ningún problema, que no enciende ninguna pasión, que no alumbra ninguna luz en el fondo de los corazones, que no excita ninguna otra esperanza a no ser la esperanza ridícula de convertirse un día en "star" en Los Angeles"[30]. Ya vemos que en el fondo se trata de la antigua queja: las masas buscan disipación, pero el arte reclama recogimiento. Es un lugar común. Pero debemos preguntarnos si da lugar o no para hacer una investigación acerca del cine.

Se trata de mirar más de cerca. Disipación y recogimiento se contraponen hasta tal punto que permiten la fórmula siguiente: quien se recoge ante una obra de arte, se sumerge en ella; se adentra en esa obra, tal y como narra la leyenda que le ocurrió a un pintor chino al contemplar acabado su cuadro. Por el contrario, la masa dispersa sumerge en sí misma a la obra artística. Y de manera especialmente patente a los edificios. La arquitectura viene desde siempre ofreciendo el prototipo de una obra de arte, cuya recepción sucede en la disipación y por parte de una colectividad. Las leyes de dicha recepción son sobremanera instructivas.

Las edificaciones han acompañado a la humanidad desde su historia primera. Muchas formas artísticas han surgido y han desaparecido. La tragedia nace con los griegos para apagarse con ellos y revivir después sólo en cuanto a sus reglas. El epos, cuyo origen está en la juventud de los pueblos, caduca en Europa al terminar el Renacimiento. La pintura sobre tabla es una creación de la Edad Media y no hay nada que garantice su duración ininterrumpida. Pero la necesidad que tiene el hombre de alojamiento sí que es estable. El arte de la edificación no se ha interrumpido jamás. Su historia es más larga que la de cualquier otro arte, y su eficacia al presentizarse es importante para todo intento de dar cuenta de la relación de las masas para con la obra artística. Las edificaciones pueden ser recibidas de dos maneras: por el uso y por la contemplación. O mejor dicho: táctil y ópticamente. De tal recepción no habrá concepto posible si nos la representamos según la actitud recogida que, por ejemplo, es corriente en turistas ante edificios famosos. A saber: del lado táctil no existe correspondencia alguna con lo que del lado óptico es la contemplación. La recepción táctil no sucede tanto por la vía de la atención como por la de la costumbre. En cuanto a la arquitectura, esta última determina en gran medida incluso la recepción óptica. La cual tiene lugar, de suyo, mucho menos en una atención tensa que en una advertencia ocasional. Pero en determinadas circunstancias esta recepción formada en la arquitectura tiene valor canónico. Porque las tareas que en tiempos de cambio se le imponen al aparato perceptivo del hombre no pueden resolverse por la vía meramente óptica, esto es por la de la contemplación. Poco a poco quedan vencidas por la costumbre (bajo la guía de la recepción táctil).

También el disperso puede acostumbrarse. Más aún: sólo cuando resolverlas se le ha vuelto una costumbre, probará poder hacerse de la dispersión con ciertas tareas. Por medio de la dispersión, tal y como el arte la depara, se controlará bajo cuerda hasta qué punto tiene solución las tareas nuevas de la apercepción. Y como, por lo demás, el individuo está sometido a la tentación de hurtarse a dichas tareas, el arte abordará la más difícil e importante movilizando a las masas. Así lo hace actualmente en el cine. La recepción en la dispersión, que se hace notar con insistencia creciente en todos los terrenos del arte y que es el síntoma de modificaciones de hondo alcance en la apercepción, tiene en el cine su instrumento de entrenamiento. El cine corresponde a esa forma receptiva por su efecto de choque. No sólo reprime el valor cultural porque pone al público en situación de experto, sino además porque dicha actitud no incluye en las salas de proyección atención alguna. El público es un examinador, pero un examinador que se dispersa.




EPÍLOGO

La proletarización creciente del hombre actual y el alineamiento también creciente de las masas son dos caras de uno y el mismo suceso. El fascismo intenta organizar las masas recientemente proletarizadas sin tocar las condiciones de la propiedad que dichas masas urgen por suprimir. El fascismo ve su salvación en que las masas lleguen a expresarse (pero que ni por asomo hagan valer sus derechos) [31]. Las masas tienen derecho a exigir que se modifiquen las condiciones de la propiedad; el fascismo procura que se expresen precisamente en la conservación de dichas condiciones. En consecuencia, desemboca en un esteticismo de la vida política. A la violación de las masas, que el fascismo impone por la fuerza en el culto a un caudillo, corresponde la violación de todo un mecanismo puesto al servicio de la fabricación de valores culturales.

Todos los esfuerzos por un esteticismo político culminan en un solo punto. Dicho punto es la guerra. La guerra, y sólo ella, hace posible dar una meta a movimientos de masas de gran escala, conservando a la vez las condiciones heredadas de la propiedad. Así es como se formula el estado de la cuestión desde la política. Desde la técnica se formula del modo siguiente: sólo la guerra hace posible movilizar todos los medios técnicos del tiempo presente, conservando a la vez las condiciones de la propiedad. Claro que la apoteosis de la guerra en el fascismo no se sirve de estos argumentos. A pesar de lo cual es instructivo echarles una ojeada. En el manifiesto de Marinetti sobre la guerra colonial de Etiopía se llega a decir: "Desde hace veintisiete años nos estamos alzando los futuristas en contra de que se considere a la guerra antiestética... Por ello mismo afirmamos: la guerra es bella, porque, gracias a las máscaras de gas, al terrorífico megáfono, a los lanzallamas y a las tanquetas, funda la soberanía del hombre sobre la máquina subyugada. La guerra es bella, porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las orquídeas de fuego de las ametralladoras. La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañonazos, los altos el fuego, los perfumes y olores de la descomposición. La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas y muchas otras... ¡Poetas y artistas futuristas... acordaos de estos principios fundamentales de una estética de la guerra para que iluminen vuestro combate por una nueva poesía, por unas artes plásticas nuevas!" [32].

Este manifiesto tiene la ventaja de ser claro. Merece que el dialéctico adopte su planteamiento de la cuestión. La estética de la guerra actual se le presenta de la manera siguiente: mientras que el orden de la propiedad impide el aprovechamiento natural de las fuerzas productivas, el crecimiento de los medios técnicos, de los ritmos, de las fuentes de energía, urge un aprovechamiento antinatural. Y lo encuentra en la guerra que, con sus destrucciones, proporciona la prueba de que la sociedad no estaba todavía lo bastante madura para hacer de la técnica su órgano, y de que la técnica tampoco estaba suficientemente elaborada para dominar las fuerzas elementales de la sociedad. La guerra imperialista está determinada en sus rasgos atroces por la discrepancia entre los poderosos medios de producción y su aprovechamiento insuficiente en el proceso productivo (con otras palabras: por el paro laboral y la falta de mercados de consumo). La guerra imperialista es un levantamiento de la técnica, que se cobra en el material humano las exigencias a las que la sociedad ha sustraído su material natural. En lugar de canalizar ríos, dirige la corriente humana al lecho de sus trincheras; en lugar de esparcir grano desde sus aeroplanos, esparce bombas incendiarias sobre las ciudades; y la guerra de gases ha encontrado un medio nuevo para acabar con el aura.

"Fiat ars, pereat mundus", dice el fascismo, y espera de la guerra, tal y como lo confiesa Marinetti, la satisfacción artística de la percepción sensorial modificada por la técnica. Resulta patente que esto es la realización acabada del "arte pour l'art". La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Este es el esteticismo de la política que el fascismo propugna. El comunismo le contesta con la politización del arte.










1936






NOTA DEL TRADUCTOR
En una versión sensiblemente abreviada aparece este trabajo, no en alemán, sino en traducción francesa de Pierre Klossowski, en la Zeitschrift für Sozialforschung en 1936. La revista se editaba a la sazón en París. En carta a Max Horkheimer, escrita en París el 16 de octubre de 1935, dice Benjamin que pretende "fijar en una serie de reflexiones provisionales la signatura de la hora fatal del arte". Con tales reflexiones intentaría "dar a la cuestiones teóricas del arte una figura realmente actual: y dársela además desde dentro, evitando toda referencia no mediada a la política". También desde París, y pocos días después, le confía a Gerhard Scholem: "Mantengo (este trabajo) muy en secreto, ya que sus ideas son incomparablemente más idóneas para el robo que la mayoría de las mías". En diciembre del mismo año comunica a Werner Kraft que ha concluido la redacción del texto, por cierto "escrito desde el materialismo histórico.". En febrero de 1936 le habla a Adorno de su trato con el traductor Klossowski, del que ya antes había hecho alabanzas. Jean Selz, que conoció a Benjamin en Ibiza en 1932, nos dice que "Klossowski... sabe de los estados de angustia filosófica en que pone [Benjamin] a sus traductores". Poco antes de su muerte, y en busca de ayuda económica, redacta Benjamin un curriculum vitae. En él explica que "este trabajo ["La obra de arte..."] procura entender determinadas formas artísticas, especialmente el cine, desde el cambio de funciones a que el arte en general está sometido en los tirones de la evolución social".

En mi prólogo a Iluminaciones I de Walter Benjamin (Taurus, Madrid, 1971) he aludido a las distorsiones que sufrieron los textos que nuestro autor llegó a publicar durante los últimos años de su vida, años de exilio y de penuria. "La obra de arte..." es precisamente uno de estos textos cuya integridad quizás ni siquiera ahora conocemos. En la primera edición de 1936 quedó suprimido por entero nada menos que el actual prólogo (a más de otras supresiones al parecer sólo en parte redimidas en las actuales ediciones alemanas, de las cuales la primera data de 1955). Según Adorno declara en 1968: "Las tachaduras que motivó Horkheimer en la teoría de la reproducción se referían a un uso por parte de Benjamin de categorías materialistas que Horkheimer, con razón, encontraba insuficientes". Los bejaminianos de izquierdas reclaman la publicación de la versión auténtica. Según ellos la entrega fundamental que Benjamin hizo de su pensamiento está en esa versión. Sobre ella se fundamentaría teóricamente incluso "La obra de los pasajes", también inédita por ahora (confr. mi prólogo a Iluminaciones II de Walter Benjamin, Taurus, Madrid, 1972). Advirtamos que esta opinión es considerada por los benjaminianos oficiales, los ligados a la editorial Suhrkamp y al equipo de Adorno, como "lisa y llana insensatez".








NOTAS

* El Wiener Genesis es una glosa poética del Génesis bíblico, compuesta por un monje austríaco hacia 1070 (N. de. T.).

[1] PAUL VALÉRY, Pièces sur l'art, París, 1934

[2] Claro que la historia de una obra de arte abarca más elementos: la historia de Mona Lisa, por ejemplo, abarca el tipo y número de copias que se han hecho de ella en los siglos diecisiete, dieciocho y diecinueve.

[3] Precisamente porque la autenticidad no es susceptible de que se la reproduzca, determinados procedimientos reproductivos, técnicos por cierto, han permitido al infiltrarse intensamente, diferenciar y graduar la autenticidad misma. Elaborar esas distinciones ha sido una función importante del comercio del arte. Podríamos decir que el invento de la xilografía atacó en su raíz la cualidad de lo auténtico, antes desde luego de que hubiese desarrollado su último esplendor. La imagen de una Virgen medieval no era auténtica en el tiempo en que fue hecha; lo fue siendo en el curso de los siglos siguientes, y más exhuberantemente que nunca en el siglo pasado.

[4] La representación de Fausto más provinciana y pobretona aventajará siempre a una película sobre la misma obra, porque en cualquier caso le hace la competencia ideal al estreno en Weimar. Toda la sustancia tradicional que nos recuerdan las candilejas (que en Mefistófeles se esconde Johann Heinrich Merck, un amigo de juventud de Goethe, y otras cosas parecidas), resulta inútil en la pantalla.

[5] ABEL GANCE, "Le temps de l'image est venu" (L'art cinématographique, II), París, 1927.

[6] Acercar las cosas humanamente a las masas, puede significar que se hace caso omiso de su función social. Nada garantiza que un retratista actual, al pintar a un cirujano célebre desayunando en el círculo familiar, acierte su función social con mayor precisión que un pintor del siglo dieciséis que expone al público los médicos de su tiempo representativamente, tal y como lo hace, por ejemplo, Rembrandt en La lección de anatomía.

[7] La definición del aura como “la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar)” no representa otra cosa que la formulación del valor cultural de la obra artística en categorías de percepción espacial-temporal. Lejanía es lo contrario que cercanía. Lo esencialmente lejano es lo inaproximable. Y serlo es de hecho una cualidad capital de la imagen cultural. Por propia naturaleza sigue siendo “lejanía, por cercana que pueda estar”. Una vez aparecida conserva su lejanía, a la cual en nada perjudica la cercanía que pueda lograrse de su materia.

[8] A medida que se seculariza el valor cultural de la imagen, nos representaremos con mayor indeterminación el sustrato de su singularidad. La singularidad empírica del artista o de su actividad artística desplaza cada vez más en la mente del espectador a la singularidad de las manifestaciones que imperan en la imagen cultural. Claro que nunca enteramente; el concepto de autenticidad jamás deja de tender a ser más que una adjudicación de origen. (Lo cual se pone especialmente en claro en el coleccionista, que siempre tiene algo de adorador de fetiches y que por la posesión de la obra de arte participa de su virtud cultural). Pero a pesar de todo la función del concepto de lo auténtico sigue siendo terminante en la teoría del arte: con la secularización de este último la autenticidad (en el sentido de adjudicación de origen) sustituye al valor cultural.

[9] En las obras cinematográficas la posibilidad de reproducción técnica del producto no es, como por ejemplo en las obras literarias o pictóricas, una condición extrínseca de su difusión masiva. Ya que se funda de manera inmediata en la técnica de su producción. Esta no sólo posibilita directamente la difusión masiva de las películas, sino que más bien la impone ni más ni menos que por la fuerza. Y la impone porque la producción de una película es tan cara que un particular que, pongamos por caso podría permitirse el lujo de un cuadro, no podrá en cambio permitirse el de una película. En 1927 se calculó que una película de largo metraje, para ser rentable, tenía que conseguir un público de nueve millones de personas. Bien es verdad que el cine sonoro trajo consigo por de pronto un movimiento de retrocesión. Su público quedaba limitado por las fronteras lingüísticas, lo cual ocurría al mismo tiempo que el fascismo subrayaba los intereses nacionales. Pero más importante que registrar este retroceso, atenuado por lo demás con los doblajes, será que nos percatemos de su conexión con el fascismo. Ambos fenómenos son simultáneos y se apoyan en la crisis económica. Las mismas perturbaciones que, en una visión de conjunto, llevaron a intentar mantener con pública violencia las condiciones existentes de la propiedad, han llevado también a un capital cinematográfico, amenazado por la crisis, a acelerar los preparativos del cine sonoro. La introducción de películas habladas causó en seguida un alivio temporal. Y no sólo porque inducía de nuevo a las masas a ir al cine, sino además porque conseguía la solidaridad de capitales nuevos procedentes de la industria eléctrica.

Considerado desde fuera, el cine sonoro ha favorecido intereses nacionales; pero considerado desde dentro, ha internacionalizado más que antes la producción cinematográfica.

[10] Esta polaridad no cobrará jamás su derecho en el idealismo, cuyo concepto de belleza incluye a ésta por principio como indivisa (y por consiguiente la excluye en tanto que dividida). Con todo se anuncia en Hegel tan claramente como resulta imaginable en las barreras del idealismo. En las Lecciones de Filosofía de la Historia se dice así: “Imágenes teníamos desde hace largo tiempo: la piedad necesitó de ellas muy temprano para sus devociones, pero no precisaba de imágenes bellas, que en este caso eran incluso perturbadoras. En una imagen bella hay también un elemento exterior presente, pero en tanto que es bella su espíritu habla al hombre; y en la devoción es esencial la relación para con una cosa, ya que se trata no más que de un enmohecimiento del alma... El arte bello ha surgido en la Iglesia... aunque... el arte proceda del principio del arte” (Georg Friedrich Wilhelm Hegel, Werke, Berlín y Leipzig, 1832, vol. IX, pág. 414). Un pasaje en las Lecciones sobre Estética indica que Hegel rastreó aquí un problema: “Estamos por encima de rendir un culto divino a las obras de arte, de poder adorarlas; la impresión que nos hacen es de índole más circunspecta, y lo que provocan en nosotros necesita de una piedra de toque superior” (Georg Friedrich Wilhelm Hegel, l. c., vol. X, pág. 14).

El tránsito del primer modo de recepción artística al segundo determina el decurso histórico de la recepción artística en general. No obstante podríamos poner de bulto una cierta oscilación entre ambos modos receptivos por principio para cada obra de arte. Así, por ejemplo, para la Virgen Sixtina. Desde la investigación de Hubert Grimme sabemos que originalmente fue pintada para fines de exposición. Para sus trabajos le impulsó a Grimme la siguiente pregunta: ¿por qué en el primer plano del cuadro ese portante de madera sobre el que se apoyan los dos angelotes? ¿Como pudo un Rafael, siguió preguntándose Grimme, adornar el cielo con un par de portantes? De la investigación resultó que la Virgen Sixtina había sido encargada con motivo de la capilla ardiente pública del Papa Sixto. Dicha ceremonia pontificia tenía lugar en una capilla lateral de la basílica de San Pedro. En el fondo a modo de nicho de esa capilla se instaló, apoyado sobre el féretro, el cuadro de Rafael. Lo que Rafael representa en él es la Virgen acercándose entre nubes al féretro papal desde el fondo del nicho delimitado por dos portantes verdes. El sobresaliente valor exhibitivo del cuadro de Rafael encontró su utilización en los funerales del Papa Sixto. Poco tiempo después vino a parar el cuadro al altar mayor de un monasterio de Piacenza. La razón de este exilio está en el ritual romano que prohíbe ofrecer al culto en un altar mayor imágenes que hayan sido expuestas en celebraciones funerarias. Hasta cierto punto dicha prescripción depreciaba la obra de Rafael. Para conseguir sin embargo un precio adecuado, se decidió la curia a tolerar tácitamente el cuadro en un altar mayor. Pero para evitar el escándalo lo envió a la comunidad de una ciudad de provincia apartada.

[11] Brecht dispone reflexiones análogas a otro nivel: “Cuando una obra artística se transforma en mercancía, el concepto de obra de arte no resulta ya sostenible en cuanto a la cosa que surge. Tenemos entonces cuidadosa y prudentemente, pero sin ningún miedo, que dejar de lado dicho concepto, si es que no queremos liquidar esa cosa. Hay que atravesar esa fase y sin reticencias. No se trata de una desviación gratuita del camino recto, sino que lo que en este caso ocurre con la cosa la modifica fundamentalmente y borra su pasado hasta tal punto que, si se aceptase de nuevo el antiguo concepto (y se le aceptará, ¿por qué no?), ya no provocaría ningún recuerdo de aquella cosa que antaño designara” (Bertolt Brecht, Der Dreigroschenprozess).

[12] Abel Gance, l. c. , págs. 100-101.

[13] Séverin-Mars, cit. por Abel Gance, l. c. , pág. 100.

[14] Alexandre Arnoux, Cinéma, París, 1929, pág. 28.

[15] Franz Werfel, “Ein Sommernachtstraum. Ein Film nach Shakespeare von Reinhardt”, Neues Wiener Journal, 15 de noviembre de 1935.

[16] “El cine... da (o podría dar) informaciones muy útiles por su detalle sobre acciones humanas... No hay motivaciones de carácter, la vida interior de las personas jamás es causa primordial y raras veces resultado capital de la acción” (Bertolt Brecht, l. c. ). La ampliación por medio del mecanismo cinematográfico del campo sometido a los tests corresponde a la extraordinaria ampliación que de ese campo “testable” traen consigo para el individuo las circunstancias económicas. Constantemente está aumentando la importancia de las pruebas de aptitud profesional. En ellas lo que se ventila son consecuencias de la ejecución del individuo. El rodaje de una película y las pruebas de aptitud profesional se desarrollan ante un gremio de especialistas. El director en el estudio de cine ocupa exactamente el puesto del director experimental en las pruebas a que nos referimos.

[17] Luigi Pirandello, On tourne, cit. por Léon Pierre-Quint, “Signification du cinéma” (L' art cinématographique, II, París, 1927, págs. 14-15).

[18] Rudolf Arnheim, Film als Kunst, Berlín, 1932. En este contexto cobran un interés redoblado determinadas particularidades, aparentemente marginales, que distancian al director de cine de las prácticas de la escena teatral. Así la tentativa de hacer que los actores representen sin maquillaje, como hizo Dreyer, entre nosotros, en su Juana de Arco. Empleó meses sólo en encontrar los cuarenta actores que componen el jurado contra la hereje. Esta búsqueda se asemejaba a la de accesorios de difícil procura. Dreyer aplicó gran esfuerzo en evitar parecidos en edad, estatura, fisonomía, etc. Si el actor se convierte en accesorio, no es raro que el accesorio desempeñe por su lado la función del actor. En cualquier caso no es insólito que llegue el cine a confiar un papel al accesorio. Y en lugar de destacar ejemplos a capricho en cantidad infinita, nos atendremos a uno cuya fuerza de prueba es especial. Un reloj en marcha no es en escena más que una perturbación. No puede haber en el teatro lugar para su papel, que es el de medir el tiempo. Incluso en una obra naturalista chocaría el tiempo astronómico con el escénico. Así las cosas, resulta sumamente característico que en ocasiones el cine utilice la medida del tiempo de un reloj. Puede que en ello se perciba mejor que en muchos otros rasgos cómo cada accesorio adopta a veces en él funciones decisivas. Desde aquí no hay más que un paso hasta la afirmación de Pudowkin: “la actuación del artista ligada a un objeto, construida por él, será... siempre uno de los métodos más vigorosos de la figuración cinematográfica” (W. Pudowkin, Filmregie und filmmanuskript, Berlín, 1928, pág. 126). El cine es por lo tanto el primer medio artístico que está en situación de mostrar cómo la materia colabora con el hombre. Es decir, que puede ser un excelente instrumento de discurso materialista.

[19] También en la política es perceptible la modificación que constatamos trae consigo la técnica reproductiva en el modo de exposición. La crisis actual de las democracias burguesas implica una crisis de las condiciones determinantes de cómo deben presentarse los gobernantes. Las democracias presentan a éstos inmediatamente, en persona, y además ante representantes. ¡El Parlamento es su público! Con las innovaciones en los mecanismos de transmisión, que permiten que el orador sea escuchado durante su discurso por un número ilimitado de auditores y que poco después sea visto por un número también ilimitado de espectadores, se convierte en primordial la presentación del hombre político ante esos aparatos. Los Parlamentos quedan desiertos, así como los teatros. La radio y el cine no sólo modifican la función del actor profesional, sino que cambian también la de quienes, como los gobernantes, se presentan ante sus mecanismos. Sin perjuicio de los diversos cometidos específicos de ambos, la dirección de dicho cambio es la misma en lo que respecta al actor de cine y al gobernante. Aspira, bajo determinadas condiciones sociales, a exhibir sus actuaciones de manera más comprobable e incluso más asumible. De lo cual resulta una nueva selección, una selección ante esos aparatos, y de ella salen vencedores el dictador y la estrella de cine.

[20] Se pierde así el carácter privilegiado de las técnicas correspondientes. Aldous Huxley escribe: “Los progresos técnicos han conducido... a la vulgarización... Las técnicas reproductivas y las rotativas en la prensa han posibilitado una multiplicación imprevisible del escrito y de la imagen. La instrucción escolar generalizada y los salarios relativamente altos han creado un público muy grande capaz de leer y de procurarse material de lectura y de imágenes. Para tener éstos a punto, se ha constituido una industria importante. Ahora bien, el talento artístico es muy raro; de ello se sigue... que en todo tiempo y lugar una parte preponderante de la producción artística ha sido minusvalente. Pero hoy el porcentaje de desechos en el conjunto de la producción artística es mayor que nunca... Estamos frente a una simple cuestión de aritmética. En el curso del siglo pasado ha aumentado en más del doble la población de Europa occidental. El material de lectura y de imágenes calculo que ha crecido por lo menos en una proporción de 1 a 2 y tal vez a 50 o incluso a 100. Si una población de x millones tiene n talentos artísticos, una población de 2x millones tendrá 2n talentos artísticos. La situación puede resumirse de la manera siguiente. Por cada página que hace cien años se publicaba impresa con escritura e imágenes, se publican hoy veinte, si no cien. Por otro lado, si hace un siglo existía un talento artístico, existen hoy dos. Concedo que, en consecuencia de la instrucción escolar generalizada, gran número de talentos virtuales, que no hubiesen antes llegado a desarrollar sus dotes, pueden hoy hacerse productivos. Supongamos pues... que haya hoy tres o incluso cuatro talentos artísticos por uno que había antes. No por eso deja de ser indudable que el consumo de material de lectura y de imágenes ha superado con mucho la producción natural de escritores y dibujantes dotados. Y con el material sonoro pasa lo mismo. La prosperidad, el gramófono y la radio han dado vida a un público, cuyo consumo de material sonoro está fuera de toda proporción con el crecimiento de la población y en consecuencia con el normal aumento de músicos con talento. Resulta por tanto que, tanto hablando en términos absolutos como en términos relativos, la producción de desechos es en todas las artes mayor que antes; y así seguirá siendo mientras las gentes continúen con su consumo desproporcionado de material de lectura, de imágenes y sonoro” (Aldous Huxley, Croisière d'hiver en Amérique Centrale, París, pág. 273). Semejante manera de ver las cosas está claro que no es progresivo.

[21] Las audacias del cámara pueden de hecho compararse a las del cirujano. En un catálogo de destrezas cuya técnica es específicamente de orden gestual, enuncia Luc Durtain las que “en ciertas intervenciones difíciles son imprescindibles en cirugía. Escojo como ejemplo un caso de otorrinolaringología; ... me refiero al procedimiento que se llama perspectivo-endonasal; o señalo las destrezas acrobáticas que ha de llevar a cabo la cirugía de laringe al utilizar un espejo que le devuelve una imagen invertida; también podría hablar de la cirugía de oídos cuya precisión en el trabajo recuerda al de los relojeros. Del hombre que quiere reparar o salvar el cuerpo humano se requiere en grado sumo una sutil acrobacia muscular. Basta con pensar en la operación de cataratas, en la que el acero lucha por así decirlo con tejidos casi fluidos, o en las importantísimas intervenciones en la región abdominal (laparatomía).

[22] Esta manera de ver las cosas parecerá quizás burda; pero como muestra el gran teórico que fue Leonardo, las opiniones burdas pueden muy bien ser invocadas a tiempo. Leonardo compara la pintura y la música en los términos siguientes: “La pintura es superior a la música, porque no tiene que morir apenas se la llama a la vida, como es el caso infortunado de la música... Esta, que se volatiliza en cuanto surge, va a la zaga de la pintura, que con el uso del barniz se ha hecho eterna” (cit. en Revue de Littérature comparée, febrero-marzo, 1935, página 79).

[23] Si buscamos una situación análoga, se nos ofrece como tal, y muy instructivamente, la pintura del Renacimiento. Nos encontramos en ella con un arte cuyo auge incomparable y cuya importancia consisten en gran parte en que integran un número de ciencias nuevas o de datos nuevos de la ciencia. Tiene pretensiones sobre la anatomía y la perspectiva, las matemáticas, la metereología y la teoría de los colores. Como escribe Valéry: “Nada hay más ajeno a nosotros que la sorprendente pretensión de un Leonardo, para el cual la pintura era una meta suprema y la suma demostración del conocimiento, puesto que estaba convencido de que exigía la ciencia universal. Y él mismo no retrocedía ante un análisis teórico, cuya precisión y hondura nos desconcierta hoy” (Paul Valéry, Pièces sur l'art, París, 1934, pág. 191).

[24] Rudolf Arnheim, l. c. , pág. 138.

[25] André Breton dice que “la obra de arte sólo tiene valor cuando tiembla de reflejos del futuro”. En realidad toda forma artística elaborada se encuentra en el cruce de tres líneas de evolución. A saber, la técnica trabaja por de pronto en favor de una determinada forma de arte. Antes de que llegase el cine había cuadernillos de fotos cuyas imágenes, a golpe de pulgar, hacían pasar ante la vista a la velocidad del rayo una lucha de boxeo o una partida de tenis; en los bazares había juguetes automáticos en los que la sucesión de imágenes era provocada por el giro de una manivela. En segundo lugar, formas artísticas tradicionales trabajan esforzadamente en ciertos niveles de su desarrollo por conseguir efectos que más tarde alcanzará con toda espontaneidad la forma artística nueva. Antes de que el cine estuviese en alza, los dadaístas procuraban con sus manifestaciones introducir en el público un movimiento que un Chaplin provocaría después de manera más natural. En tercer lugar, modificaciones sociales con frecuencia nada aparentes trabajan en orden a un cambio en la recepción que sólo favorecerá a la nueva forma artística. Antes de que el cine empezase a formar su público, hubo imágenes en el Panorama imperial (imágenes que ya habían dejado de ser estáticas) para cuya recepción se reunía un público. Se encontraba éste ante un biombo en el que estaban instalados estereoscopios, cada uno de los cuales se dirigía a cada visitante. Antes esos estereoscopios aparecían automáticamente imágenes que se detenían apenas y dejaban luego su sitio a otras. Con medios parecidos tuvo que trabajar Edison cuando, antes de que se conociese la pantalla y el procedimiento de la proyección, pasó la primera banda filmada ante un pequeño público que miraba estupefacto un aparato en el que se desenrollaban las imágenes. Por cierto que en la disposición del Panorama imperial se expresa muy claramente una dialéctica del desarrollo. Poco antes de que el cine convirtiese en colectiva la visión de imágenes, cobra ésta vigencia en forma individualizada ante los estereoscopios de aquel establecimiento, pronto anticuado, con la misma fuerza que antaño tuviera en la “cella” la visión de la imagen de los dioses por parte del sacerdote.

[26] El arquetipo teológico de este recogimiento es la conciencia de estar a solas con Dios. En las grandes épocas de la burguesía ésta conciencia ha dado fuerzas a la libertad para sacudirse la tutela de la Iglesia. En las épocas de su decadencia la misma conciencia tuvo que tener en cuenta la tendencia secreta a que en los asuntos de la comunidad estuviesen ausentes las fuerzas que el individuo pone por obra de su trato con Dios.

[27] Georges Duhamel, Scènes de la vie future, París, 1930, página 52.

[28] El cine es la forma artística que corresponde al creciente peligro en que los hombres de hoy vemos nuestra vida. La necesidad de exponerse a efectos de choque es una acomodación del hombre a los peligros que le amenazan. El cine corresponde a modificaciones de hondo alcance en el aparato perceptivo, modificaciones que hoy vive a escala de existencia privada todo transeúnte en el tráfico de una gran urbe, así como a escala histórica cualquier ciudadano de un Estado contemporáneo.

[29] Del cine podemos lograr informaciones importantes tanto en lo que respecta al dadaísmo como al cubismo y al futurismo. Estos dos últimos aparecen como tentativas insuficientes del arte para tener en cuenta la imbricación de la realidad y los aparatos. Estas escuelas emprendieron su intento no a través de una valoración de los aparatos en orden a la representación artística, que así lo hizo el cine, sino por medio de una especie de mezcla de la representación de la realidad y de la de los aparatos. En el cubismo el papel preponderante lo desempeña el presentimiento de la construcción, apoyada en la óptica, de esos aparatos; en el futurismo el presentimiento de sus efectos, que cobrarán todo su valor en el rápido decurso de la película de cine.

[30] Georges Duhamel, l. c. , pág. 58.

[31] Una circunstancia técnica resulta aquí importante, sobre todo respecto de los noticiarios cuya significación propagandística apenas podrá ser valorada con exceso. A la reproducción masiva corresponde en efecto la reproducción de masas. La masa se mira a la cara en los grandes desfiles festivos, en las asambleas monstruos, en las enormes celebraciones deportivas y en la guerra, fenómenos todos que pasan ante la cámara. Este proceso, cuyo alcance no necesita ser subrayado, está en relación estricta con el desarrollo de la técnica reproductiva y de rodaje. Los movimientos de masas se exponen más claramente ante los aparatos que ante el ojo humano. Sólo a vista de pájaro se captan bien esos cuadros de centenares de millares. Y si esa perspectiva es tan accesible al ojo humano como a los aparatos, también es cierto que la ampliación a que se somete la toma de la cámara no es posible en la imagen ocular. Esto es, que los movimientos de masas y también la guerra representan una forma de comportamiento humano especialmente adecuada a los aparatos técnicos.

[32] La Stampa, Turín.







domingo, 17 de agosto de 2008

Apuntes para una Teoría del Lector

por Rodrigo Fresán





Con el paso de los libros y la sostenida práctica de esa imprecisa ciencia que, a falta de otro mejor, responde al nombre de Literatura, he comprendido, no sin algo de esfuerzo y bastante sorpresa, que en el fondo y en la superficie de todas las historias existen tan sólo dos categorías de escritores y, por lo tanto, dos categorías de lectores.

Están aquellos que al final de un cuento suspiran ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí? y están los que optan por sonreír ¡Qué suerte que se le ocurrió a alguien!

Eso es todo, todos somos lectores de un modo o de otro.

El Bien y el Mal –las claves obvias de nuestra caída y los códigos secretos de nuestra salvación- descansan en paz, se revuelcan en las sábanas rojas de la guerra y se enferman de buena salud en el centro mismo de esa diferencia irreconciliable que, tarde o temprano, conducirá al final de nuestros días en el universo.

Algo los une sin embargo: para los hombres, para todos los escritores y los lectores, la Historia –vano mecanismo de defensa siempre es el pasado-. Sólo a medida que envejecemos comenzamos a comprender, gracias al tibio y casi inútil consuelo al que se accede con la perspectiva de los años, que hemos vivido la Historia casi sin darnos cuenta y que –¿primera y última cortesía de la muerte?– no demoraremos en encontrarnos ligados a Ella por toda la eternidad.

Así, nuestra humilde y hasta entonces fluvial historia desemboca, con un último aliento, en el inconmensurable océano donde van a dar todas las tramas. Así, el fin de los tiempos y el fin de la Historia; y, de vivir adentro de un volumen de cuentos, de ser uno de sus personajes, nada me molestaría menos que ubicar este embrión de relato –una breve introducción en realidad, apenas la incierta luz de una teoría, la sombra de un cuento– en las primeras páginas. La paradoja del fin del mundo en el principio de un libro. Una humilde trampa que funcionase no para desconcertar al lector sino para juguetear con la idea de un nuevo inicio concebido durante el último acto del inmenso e inalcanzable universo imposible de poner por escrito, ahí afuera.

Sí, el principio de un libro también puede ser el fin del mundo.

Me explico, intento explicarme: navego en un barco de bandera imprecisa y de nombre casi vergonzoso por su obviedad. S.S. Neptuno. Si esto fuera un cuento, claro, no vacilaría en cambiárselo. Doncella de Palestina, tal vez. Da igual. Lo que sí me interesa asentar a modo de preámbulo –bien lo saben aquellos que alguna vez hayan optado por el agua antes que por el aire– es que cuando se cabalgan los mares es cuando más lejos y más afuera de todo nos sentimos. Desconfíen, por favor, del discurso vertiginoso de astronautas en órbita. No en vano hay quien juró que el hombre no es más que un invento del agua para poder trasladarse de un sitio a otro. Estamos construidos con agua y no con aire. Es por eso que, cuando nos arriesgamos a ser uno con las olas, no podemos disimular la sensación de extravío y, al mismo tiempo, la sospecha de estar de regreso en el hogar ancestral después de tanto tiempo lejos de casa. De ahí la felicidad profunda que no demora en invadir a aquellos que se ahogan. Muchos años atrás, yo estuve a punto de morir ahogado en un par de oportunidades, y no creo estar faltando a la verdad si digo que recuerdo aquello como algo raramente placentero. Alcanza con flotar bajo la noche, los ojos cerrados, las estrellas reflejándose en una piscina generosa, para comprenderlo. En el agua, lo primero que se hunde es nuestro apellido y los tristes diplomas y honores que supimos conseguir. Lo último en desaparecer es el recuerdo de un rostro ovalado de mujer que nos sonríe desde las alturas donde esas madres flamantes y perfectas arrullan con la inconfundible canción en la que se cuenta que están dejando de ser lo que fueron hasta entonces para poder ser ellas de una buena vez por todas.

Lejos, muy lejos de los novedosos fulgores instantáneos Internet, aislado de la tecla fácil y con la sola ayuda de tinta densa y oscura, escribo todo esto no en la pequeña e infinita libreta de notas que me ha acompañado con la fidelidad de un perro de papel a lo largo de tantas travesías sino en otra. Una libreta que encontré hoy abandonada sobre una reposera. Sus páginas están casi llenas con la letra inconfundible de aquel que se ha acostumbrado a la electricidad de un teclado y ha perdido para siempre el fluido placer de la tinta. Este es el último viaje, no hay más después de esto, le digo a la libreta huérfana. Y le doy palmaditas en su lomo de cuero gastado y la abro y ya me he acostumbrado a leer respetando el balanceo de las aguas. La tensión primero en una pierna y después en la otra. Mis ojos sobre las páginas han ido adoptando una cadencia decididamente oceánica y pendular: las palabras primero se inclinan hacia un lado y después hacia otro. Ideas que caminan de proa a popa, oraciones que arrojo por babor o estribor para regocijo de albatros y tiburones. ¿Quién será el autor de todo esto? ¿Cuál de los pasajeros?, me pregunto sin demasiadas ganas de contestarme mientras experimento ese ambiguo sentimiento del que sostiene por primera vez un revólver cargado y leo líneas al azar, frases sueltas, fantasmas de vidas, intrigantes reincidencias, disparos a ciegas:

«Ajustes de antena. Interferencias. Súbitas aceleraciones. La velocidad de las cosas».

«La vida no tiene por qué obedecer al tempo y a las argucias de ciertas novelas del siglo XIX. La vida es diferente y la vida es, apenas, ese espacio que transcurre entre una fiesta y otra y que se recorre, siempre, una vez alcanzada la velocidad de las cosas».

«Hay un instante en que, sin saberlo, todo adquiere un mismo impulso y una misma armonía y un sonido inconfundible y preciso. El sonido de la velocidad de las cosas. El sonido de la velocidad de las cosas es el sonido que Dios hace al respirar. Algo de eso hay en el segundo en que cambian las mareas o en el chasquido del primer copo de nieve desprendiéndose de los cielos».

«Ya lo dije antes: al final, me gusta visualizar el trazo de mi existencia como una fuga de A a B en constante desarrollo, una escapada plenamente consciente de que, desplazándose siempre a la velocidad de las cosas, deberá pasar por Z antes del final».

«Es curioso, vivimos la vida en primera persona del singular pero llegado el final, se nos aparece la opción de un cambio en la composición del relato. Esta nueva velocidad de las cosas –me pregunto si la chica de la motocicleta se refería a algo más o menos parecido– es la que nos permite entonces vernos desde afuera, mirarnos mirar, sentirnos sentir, muriendo morir. Tal vez se trate del más primal de los mecanismos de defensa o del más convincente de los placebos: esto no me puede estar pasando a mí, volar lejos. Tal vez por eso todos aquellos desesperados que dicen haber estado muertos y vuelven para contarlo insisten en el paisaje de sí mismos cada vez más pequeño, allá abajo. La persona como personaje, un espejo de carne y hueso. El cuerpo como un plano, como un sinfín de gráficos y de cómputos. La escalera de caracol del DNA, la médula como una vía láctea, la marea oscura de la enfermedad erosionando los acantilados de las células. Sí, el cuerpo visto igual que esas fotos desde las alturas –marrones y verdes y azules– que luego se utilizan para la confección de los mapas».

«Yo era un periodista, de acuerdo. Pero yo era, antes, un escritor. Yo era un periodista y había publicado varios libros de ficción y obtenido ese mínimo prestigio que me permitía el desarrollo y la conservación de este "buen trabajo" donde yo hacía más o menos lo que quería sin que mis deseos aparentemente interfirieran demasiado con los deseos de mis jefes. Yo era, por lo tanto, más o menos feliz y poco y nada tengo para decir acerca de la virtual batalla entre la realidad y la ficción –entre la dicotomía Jekyll & Hyde que puede llegar a experimentarse dentro del ecosistema de un escritor/periodista o viceversa. ¿Tal vez decir que la mínima diferencia radica en que un escritor parece estar hablándole a una persona mientras que un periodista parece estar hablándole a todas las personas al mismo tiempo? Tal vez no. Tal vez la tan insignificante como insalvable diferencia radique en el modo en que tanto uno como otro perciban la velocidad de las cosas, el modo en que los diferentes movimientos del ojo y de la mano se acomodan para contar algo que bien puede ser el paisaje lírico de un cadáver o la imposible terrenalidad de la luz desprendiéndose desde los vitrales de una iglesia para posarse en el andar ebrio de un sacerdote que ya no cree en nada. No importa. No hace diferencia alguna aquí. Alcance con decir que yo escribía más o menos lo que me interesaba y, tal vez, fue la forma irresponsable de semejante felicidad lo que me impidió que viera venir lo que se acercaba desde el fondo del camino, desde esa curva cerrada que abole toda posibilidad de perspectiva y anticipación y cautela. Así, la oscuridad impenetrable y, un segundo más tarde, la luz magnética en los ojos obligándonos a estrellarnos contra ella, las manos más firmes que nunca en el volante para que nada altere el curso de nuestra feliz y última colisión».

«En cualquier caso, me parece que ya es demasiado tarde para alterar mi punto de fuga y cambiar la velocidad de las cosas para convertirme así en la persona que pude haber sido en lugar del personaje que soy».






Entonces suenan las sirenas que nos llaman al almuerzo y vestidos de blanco, con telas ligeras, caminamos como espectros de andar liquido y mirada seca rumbo al comedor de primera clase y yo escondo la libreta en un bolsillo por temor a que su dueño verdadero me la reclame o por miedo a que no me dejen entrar con ella, quién sabe.






Hace días que el cielo está lleno de prodigios. Nubes que se mueven con los imprevisibles y lánguidos movimientos de la tinta que se deja caer en el agua. Hay momentos en que –deformación profesional, supongo– me parece leer algo entre los resplandores rojos y verdes del atardecer, justo antes de que asomen las estrellas bordadas en el pesado manto de la noche. Hay momentos en que el cielo parece una página escrita en hebreo, de derecha a izquierda. ¿Y no será que la noche se levanta en lugar de caer? El lugar común de «la noche cae» siempre me sonó incómodo y mentiroso. En el campo o en el océano la noche se levanta sin atenuantes, como la muerte, como los finales, y la tenue tregua de las estrellas no hace más que subrayar la idea de lo impensable. Así, cuando uno cree comprenderlo todo, enseguida sobreviene el espanto de la más absoluta de las ignorancias. La noche nos pone, siempre, en nuestro lugar.

Ayer, mientras dormía al sol de las reposeras, mi ejemplar de Life of Johnson posado sobre el pecho, una tormenta de gaviotas nos atacó en altamar. Huimos de las cubiertas, nos refugiamos en el bar y sirvieron cocktails gratis para todos. El capitán no supo explicarme semejante aberración. Hoy, un ejército de ballenas, comandado por la supuesta imposibilidad de una ballena blanca y gris, acompañó al barco durante un trecho largo cantando lo que al menos a mí me pareció una versión más que aceptable del aria de Madame Butterfly. Hay rumores de que hemos perdido todo contacto con tierra, que la tierra se ha perdido, que el océano no es más que un espejismo y que nosotros somos ya parte indivisible de su escenografía de agua.

No es que a mí me preocupe demasiado. En realidad, nada me cuesta admitir que me complace lo que ocurre y que hace años que no experimento esta forma tan rara de la dicha. Nada muy diferente, tal vez, a esa definitiva excitación del que decide saltar desde un andén segundos antes del paso de la locomotora; pero yo prefiero relacionar este alegre virus con ciertos estadios a los que difícilmente se accede en mi métier. Recuerdo oportunidades en las que, al empezar a contar una historia, yo no podía evitar compararme con el clavadista de altura que respira hondo y se deja caer, sabiendo de antemano que la horizontal de esa ola fue pensada sólo para que él –a partir de la vertical de su cuerpo– la atravesase con el obsequio de una razón de ser. Del mismo modo, al ordenar las primeras palabras de una trama, el escritor se enfrenta a varias puertas cerradas con candado y, si tiene suerte, elige la que corresponde a la llave de su pluma fuente.

Cuando se trata de narrar el fin del mundo, toda esta sintomatología se intensifica y, ante lo limitado del tiempo, las posibilidades son paradójicamente infinitas. ¿Se me considerará soberbio, perjudicará mi tránsito hacia otro mundo, si confieso aquí que la primera puerta que empujé se abrió sin resistencia, que la primera puerta era la puerta correcta?



Supongo que no existe fantasía más egoísta que la de imaginar que el propio fin coincidirá con el final de todo y de todos y, sí, esta es otra historia sobre el fin del mundo. Nadie lo sabe con la excepción de mi persona y de la pasajera de primera clase, la mujer que me la cuenta con palabras lentas de alcohol, con pausas de hielo girando en el vaso.

Ahí viene, ahí me la va a contar aunque ella todavía no lo sepa.

Siempre ocurre, como un reflejo condicionado: las personas reconocen a un escritor y no vacilan en contarle una historia propia, una historia que siempre creen mejor que cualquier otra. Cada vez leen menos libros y más pantallas de computadoras y no pueden evitar la excusa de sentirse parte importante de algo por poseer uno de esos rincones limpios y bien iluminados en la Internet. La estúpida blasfemia de no leer pero querer escribir o que alguien los ponga por escrito.

Pero, antes de seguir adelante , algunas digresiones azarosas y seguro, gratuitas.

La inminencia del final suele despertar en los hombres el eco de memorias que se creían dormidas para siempre. Así, otra vez sobre la cubierta del S.S. Neptuno, vuelvo a recordar el día en que gané un perro en una rifa de kermesse y lo llevé a mi casa y, mientras yo dormía, mis padres decidieron regalarlo y a la mañana siguiente no dudaron un segundo en decirme que yo no había ganado ningún perro, que yo lo había soñado. Tal vez entonces haya comenzado todo. Mi fascinación por los fantasmas. Los fantasmas tímidos con los que nos cruzamos en los aeropuertos de África; los fantasmas nacidos de los celos; los fantasmas puntuales convocados por una máquina que funciona alimentada por el rigor salado de las mareas.

Mi indisimulado placer en lo fantástico y lo desaforado siempre descansó en la firme creencia de que una historia no es más que el fantasma de una vida. O viceversa. La literatura es una calle de doble mano. Y las vidas cuando mueren, si tienen suerte se convierten en historias. Y algunas ficciones, con el correr de los años, pueden confundirse en las rutas de lo verídico Se empieza de un lado o del otro. Yo me confieso alumno de la primera escuela y hay un instante sublime en que ambas posibilidades se funden en una y es ahí cuando se intuye, apenas, la grandeza y el horror de la literatura. No hay que pensar demasiado en todo esto, claro. Puede resultar soberbio y, por lo tanto, peligroso. La verdadera función del escritor –su sola razón de ser, su sencilla manera de serle útil a la sociedad– es entonces la paciente y placentera observación y el meticuloso registro de semejante fenómeno. Pararme en una curva del camino, escondido detrás de un cartel, cronómetro en mano, y determinar, sí, mi versión privada de lo que creo haber entendido se trata la velocidad de las cosas: el tiempo exacto que le lleva a una vida convertirse en historia y a una persona mutar en personaje. Seguirla y seguirlo en su viaje. Ponerla y ponerlo por escrito. Siempre pensé también que toda vida pasa por una suerte de filtro antes de convertirse en historia. Un santuario, una forma de limbo narrativo donde vagan todas las tramas y las frases se ordenan y las historias son siempre más livianas que las vidas, se descarta el exceso de equipaje que pueda arrastrar la posibilidad de un cuento.

Me gusta pensar en este sitio como en «El Extranjero», un mapa abierto donde es extremadamente fácil perderse por el solo placer de encontrarse. E1 Extranjero es entonces esa ruta por la que yo –pasajero de última llamada que sacude su pasaporte por sus muelles y aeropuertos– he perseguido tantas teorías a las que sólo me permití alcanzar cuando estuve seguro de poder convertirlas en práctica demostrable, en prueba incontestable de algo digno de ser contado. No por nada –me acuerdo ahora sin saber del todo por qué me acuerdo– L. P. Hartley escribe al principio de The Go-Between que «El pasado es un país extranjero. Allí hacen las cosas de otro modo». Creo que está en lo cierto.

Si las cosas raras que contamos tienen lugar en el extranjero –o en El Extranjero–, es as cosas raras se nos vuelven un tanto más creíbles. Por eso la mayoría de nosotros preferimos contarlas desde cierta distancia, lejos. Ubicarlas en falsos pretéritos, fingiendo que miramos hacia atrás desde el presente de nuestras plumas cuando en realidad lo que el lector cree que ya sucedió está sucediendo para nosotros. Siempre. Teoría de la relatividad aplicada a la respiración curva de un cuento. No hay pensamiento más absurdo y soberbio que la idea de que una historia concluye cuando se la ha terminado de contar. No, la historia sigue en movimiento alentada por la ambición secreta de volver a convertirse en una vida, de invertir la polaridad del rumbo recorrido con la velocidad de las cosas.

Estos días han sido un poco así. Yo al acecho, caminando sin brújula alguna por cubierta, cambiando el rumbo de mis pensamientos, consciente de que una idea no es más que otra manera de llamar al viento, y soportando estoicamente el asedio de sombras y de voces de ese ayer que reclama un sitio, una posibilidad. El sonido estival de los partidos de tenis y la risa turbia y teñida de las vedettes a la salida de un teatro. El eco preciso de esas conversaciones cuando escribíamos de a dos riéndonos a carcajadas.

El rumor de un automóvil nuevo conducido a toda marcha y camino abajo. El descubrimiento de que mis primeros libros –ahora los recuerdo como si los leyera, como si los tuviera frente a mis ojos– no eran tan malos después de todo, y el placer siempre distinto en la repetición constante de un helado de frambuesa en un viaje sin mapa y sin prisa a París. E1 prodigio que late en ciertas historias, el heroísmo de ciertos sueños. Todas estas imágenes y sabores y palabras vuelven a mí con tal precisión que no puedo sino pensar que aquel lugar común aunque imposible de comprobar la idea de que uno ve pasar toda la vida en cuestión de segundos cerca del final tal vez sea cierto y hasta razonable. Tal vez esto mismo le esté pasando a todos los pasajeros del S.S. Neptuno. Los rostros demacrados, las manos que tiemblan al sostener una copa, el afán en repetir meticulosamente y día a día la misma secuencia de movimientos pretendiendo así detener el tiempo y la conspiración de conversaciones siempre en voz baja parecen dar cierta sustancia a mis sospechas. Tal vez esto mismo –¿una enfermedad?, ¿una cura?– le esté pasando ahora a todos los habitantes del planeta.

Alguna vez declaré que nada me gustaría más que esperar el fin del mundo adentro de un cine. Tal vez –me apresuro a aclarar que esta es, a pesar de todo, una historia de deseos cumplidos– mi deseo se haya hecho realidad. Tal vez, sin que yo me dé cuenta, todo esto tenga lugar adentro de un cine. Tal vez este huracán del pasado que me alcanza y me sacude no sea más que una película a veces en blanco y negro, a veces en colores, nunca del todo comprensible pero aun así interesante.






Esto no es un cuento ni pretende serlo . Hecha la advertencia abro la libreta y leo al azar notas sueltas que yo no escribí:

«Si bien puedo comprender –con algo de esfuerzo– que una mujer pueda emitir ruiditos tiernos enfrentada a la súbita presencia de una ardilla y una ráfaga de alaridos ante un ratón, jamás podré entender la noción de esas damas tan dedicadas a la hora de ofrendarle todo su amor a un perro con cara de bobo para negárselo sistemáticamente al hombre que juran adorar y que también tiene cara de bobo.»

Sigo leyendo:

«El Argentino dejó de leer porque el avión comenzaba a llenarse de argentinos más que dispuestos a desaparecer en Miami. Oh, Miami, aberrante torta de colores pastel, pensó El Argentino. Y los vio subir despacio, sin apuros, como si el avión les perteneciera a todos y cada uno de ellos por separado. ¿Cómo reconocer a uno de sus compatriotas en el aire?, pensó. Fácil. Tan fácil. Los argentinos son aquellos que se ponen de pie y caminan por los pasillos del avión, impulsados por el mandato de un reflejo casi pavloviano, apenas se enciende el cartel de Fasten Seat Belts. Los argentinos son los que fuman en el área para no fumadores. Los argentinos son los que se sientan para conversar con un desconocido en el apoyabrazos de una butaca ajena y ocupada. Los argentinos son los que suben con paquetes más apropiados para una incursión al Congo. Los argentinos son los que no pueden parar de pensar en las bondades del free shop como si se tratara de una de las alas más impostergables del Louvre. Los argentinos son aquellos que se paran al frente de todo y de todos y ponen sus brazos en jarra como si estuvieran pasando revista a un ejército privado. Los argentinos son los que torturan a las azafatas. Los argentinos son los que nunca viajan en la aerolínea de su país pero no pueden evitar la crítica a las otras comparándolas, siempre, con las insuperables virtudes de los aviones patrios. Los argentinos son los que aplauden cuando el avión aterriza como si fueran emperadores romanos celebrando la victoria que les dedica un Espartaco volador.

«El Argentino los vio a todos ellos. Vio a los portadores de teléfonos celulares experimentando las primeras inquietudes del síndrome de abstinencia, gordos resignados a no sonar por el tiempo que estuvieran en las alturas. Vio a las mujeres flacas pensando en todo lo que iban a comprarse. Vio a varios exponentes de su raza favorita: El Argentino contempló el galopar de una tropilla de rubias esposas de polistas cabalgando hacia Miami después de haber cabalgado por Londres o Sydney. Imposibles de distinguir unas de otras –lo mismo les sucede, siempre, a los neófitos en las artes de lo equino– galopando felices en la pista pura sangre de un doble apellido sospechoso. Blue jeans nuevos y botas tejanas y anteojos oscuros y –yeguas fértiles y frígidas, mujeres que hacen el amor paso por paso, como si estuvieran en una iglesia– siempre rodeadas por trillizos, cuatrillizos y quintillizos y seguidas por sirvientas a quienes obligan a viajar con uniforme y cofia.

«Uno de los círculos menos frecuentados del infierno –por terrible, porque no muchos villanos merecen semejante castigo– es, seguro, un avión repleto de argentinos, decidió El Argentino. El Argentino pensó en sacar su cuaderno de notas y anotar todo esto para usarlo algunas vez en esa novela que jamás había escrito pero lo pensó mejor y prefirió no hacerlo. No hacía falta. Todos los argentinos iban a desaparecer en Miami. Esos argentinos que entre un avión y otro recuerdan en voz alta sin escucharse todo aquello que se compraron durante el viaje recitando artículo por artículo como si se trataran de gracias o virtudes.

«Después, enseguida, los aviones fueron haciéndose cada vez más pequeños, las turbinas mutaron a hélices, la tierra vista desde las nubes se pareció cada vez más a la ingenua mentira de uno de esos mapas en colores y las escalas se sucedieron unas a otras felices de multiplicar el perverso espejismo de los aeropuertos. Ya estaba en X pero todavía lejos de Z y –de verse apenas obligado– a El Argentino nada le hubiera costado confesar que lo que menos le importaba era acceder al final de todo el asunto, llegar. El Argentino corría en cámara lenta por pasillos siguiendo las órdenes de los carteles que lo llevaban de un vuelo a otro y deteniéndose, por contados minutos, en las librerías vía aérea para hojear páginas al azar en libros de autoayuda. Cómo decirle a su hijo que la mascota murió. Cómo recalentar lasagna. Cómo aprender a sonreír. El Argentino se pregunta sobre la súbita proliferación, en los últimos tiempos, de los libros de autoayuda en los aeropuertos y en los aviones. Los libros de autoayuda, piensa, han venido a suplantar a las Biblias y a los brevarios de oraciones que en algún momento ayudaron a soportar el sacrilegio de, previo pago de un pasaje, parecerse todavía más a Dios y poder volar y poder trasladarse de un país a otro en cuestión de horas.

«¿Será esta pequeña libreta donde anota ideas sueltas un libro de autoayuda?, se pregunta El Argentino. Buena pregunta y es posible, se responde. La libreta como involuntario manual para escritores bloqueados, para escritores que se la pasan carreteando por la pista sin recibir autorización de la torre de control para despegar su historia.

«De pie, junto a El Argentino, un hombre de negocios japonés se enoja con un libro titulado Cómo escribir cartas familiares. El japonés le explica –como si El Argentino fuera el editor responsable, como si El Argentino tuviera la culpa de todo– que "cuando los japoneses escribimos cartas personales, escribimos en líneas verticales, de arriba a abajo y de derecha a izquierda. Seguimos un modelo preciso e inmemorial y nunca nos apartamos del mismo. Primero, para empezar, un breve comentario acerca del clima y a continuación siempre preguntamos acerca de la salud del destinatario. Pero en los Estados Unidos, en Occidente en realidad, donde, claro, las cartas se escriben con líneas horizontales y de derecha a izquierda, la gente cuenta lo que se le antoja y sin ningún tipo de orden. No hay orden en Occidente".

«El Argentino recuerda todas esas películas japonesas que a él siempre le parecieron ligeramente extraterrestres por los bruscos giros argumentales y las por momentos incomprensibles reacciones de los personajes en los que nunca podía dejar de pensar como en actores o, tal vez, como miembros de alguna secta misteriosa. El Argentino se excusa con El Japonés y le da las gracias por la explicación y, antes de seguir corriendo, le dice a El Japonés que él no tiene familia, que no va a escribirle a nadie, que puede quedarse tranquilo, que el fin del mundo está cerca, más cerca de lo que todos piensan y que...».

Interrumpo mi lectura y aquí viene ella y ella no tiene mucho que ver con la mujer de un polista pero no importa. Ya encontraré la manera de hacerla encajar, no hay tiempo para corregirla a piacere. El presente cuento no es más que la teoría de un cuento. La sombra de un cuento del que yo soy lector. Una hipótesis desordenada y febril, páginas que se leen en veloz diagonal, una película sin compaginar en la que esta persona acelera sin darse cuenta, hasta alcanzar la velocidad de las cosas que la convierte en uno de mis personajes.

Aquí viene ella y el inconfundible andar sinuoso y el intimidante aire rapaz de ciertas hembras patrias. Puedo reconocerlas por encima de la estética variable, de los dictados de la moda y –hay tiempos en que tienen que casarse con polistas, hay años en que tienen que trabajar como modelo por un año antes de atrapar un empresario– el rigor protocolar de los recambios generacionales. Son, en el fondo, todas iguales y no creo que haya mujeres como ellas en otra parte del mundo. Las veo sentadas todos los domingos en las mesas de La Biela. ¿Tendré que explicar el concepto de un bar llamado «La Biela»? ¿La tiranía geográfica cuando se trata de sentarse a juzgar a los que caminan bajo las radiaciones mortales del sol? ¿El despotismo de sus camareros comportándose como aristócratas rusos degradados por el exilio de la revolución? En cualquier caso, allí están todas ellas pensando en lo que son y siempre disconformes cuando se comparan con lo que podrían haber llegado a ser.

La mujer puede tener casi cuarenta años o un poco más de veinte. Hace años que la edad –tal vez por ser más viejo que casi todos los que me rodean– ha dejado de parecerme decisiva o imprescindible como elemento descriptivo. Los avances en el arte de la cosmética y las intervenciones quirúrgicas cuya función es preservar la juventud son, seguramente, uno de los logros más sólidos que nos ha deparado el siglo xx, junto a otra mentira más útil, menos onerosa y tal vez más eficiente a la hora de escaparse por un tiempo de la realidad: el cinematógrafo. Por eso, no tiene sentido arriesgarse en la descripción de una ilusión óptica.

La mujer me pregunta quién soy. Le digo mi nombre y, por supuesto, la mujer me dice que mi nombre le suena de algún lado. La mujer me pregunta cuál es mi oficio y cuando le digo que soy escritor sonríe satisfecha, no porque me conozca sino por su capacidad de haberme reconocido. Ahora si sabe quién soy, me anuncia como si el hecho de que ella se hubiera dignado ubicarme en su caprichosa cosmogonía me convirtiera, por fin, en alguien verdadero y, por lo tanto, digno de cierto interés. Enseguida, la mujer me pide que le cuente un cuento. Le digo que no entiendo y se irrita y enciende otro cigarrillo: «¿Pero no me dijo que usted es escritor?», me pregunta satisfecha y decidida a comprobar si no le estoy mintiendo. Nada le gustaría más que desenmascararme y después ir por las cubiertas del barco eligiendo pasajeros a quienes revelar mi torpe farsa.

No me toma por sorpresa en realidad. Hay mucha gente así, muchos lectores que funcionan de este modo. Demasiados. Sutil variante sobre una de las categorías que anuncié al principio de este viaje. Verán un lector poco entrenado es, cuando menos, una persona prejuiciosa, un turista que siempre pregunta si el agua corriente es potable o los taxistas son honestos. Alguien que en su inexperiencia sólo espera que los trajes de la ficción se ajusten lo mejor posible a las medidas de su cuerpo real. Para ellos el libro es un objeto incómodo, algo que necesita sostenerse y que carece del mérito de poder ser enchufado a alguna pared. Los lectores consecuentes, por lo contrario, prefieren comparar lo que están leyendo con lo que han leído, con una forma alternativa y válida de la realidad en la que el libro –no es casual que, en su aspecto formal, se mueva con el mismo mecanismo– es siempre una puerta.

Pero esta mujer pertenece al primer grupo. Una de esas personas que, cuando van a un concierto, necesitan sentarse en una butaca que les permita observar bien las manos del pianista para asegurarse que no están siendo estafadas. Hombres y mujeres que luego de un truco de magia se preocupan más por averiguar cómo lo habrá hecho el mago que en disfrutar la ilusión. Para mi propio beneficio y la profunda insatisfacción de todos ellos, he tenido la precaución de memorizar un breve texto –otro cuento sobre el fin del mundo– que no aparece ni aparecerá en ninguno de mis libros. Finjo que me concentro, respiro profundo, cierro los ojos y empiezo:

Había una vez un hombre que vivía cinco minutos en el futuro.

Cinco minutos y nada más que cinco minutos adelantado en relación al resto de los vientos y de las mareas, de las personas y de los animales de este planeta.

No es que semejante don le sirviera demasiado. No podía, por ejemplo, ganar fortunas en las carreras de caballos ni en la lotería. Tampoco hacerse rico iluminando profecías importantes. Cinco minutos era muy poco tiempo.

Apenas saber que en cinco minutos iba a empezar a llover; que su insoportable primo golpearía a la puerta y el tiempo justo para apagar todas las luces; que el asesino era este y no aquél en esa novela policial o en esa película; que ella iba a llamar por teléfono para regalarle o mentirle aquello que esperaba desde hacía mucho más que cinco minutos.

Contar cinco veces hasta sesenta. Contar hasta trescientos. Contar despacio como si se contaran postes de electricidad en el camino, autos, latidos de corazón, golpes.

El día en que el hombre que vivía cinco minutos en el futuro salió a la calle gritando que el mundo había llegado a su fin nadie le creyó, claro; pero tampoco tuvieron demasiado tiempo para reírse del hombre que vivía cinco minutos en el futuro.

Nada demasiado grandioso –me interesa que suene como algo inmediato– pero bastante eficaz. Me sorprende descubrir que, cuando alcanzo la palabra futuro y agrego un punto final y sonrío satisfecho, la mujer está llorando.

–A usted lo mandó Ella –me dice temblando y me sorprende la E mayúscula en su voz y el terror gigantesco en sus ojos. La Argentina mira para todos lados y repite que a mí me mandó Ella. Le pregunto quién es Ella y La Argentina me contesta que Ella es la Diosa. Le pregunto qué Diosa (¿griega, egipcia, africana?) y La Argentina hace un gesto exasperado. No sabe, no importa, no le parece necesario, qué importa, cuál es la diferencia. La Argentina no sabe contar su propia historia. La Argentina es el tipo de mujer que necesita que su historia la cuenten otros. En las revistas de actualidad y, de ser posible, con fotos grandes y poco texto. Yo la miro. Yo ahora estoy en El Extranjero decidiendo si tiene algún sentido seguir escuchándola. «Buenas noches» digo, y ella me agarra del brazo y me clava las uñas pintadas y me pide que no la deje sola, que necesita contarme lo que pasó, que todo esto es culpa suya. Le pregunto a qué se refiere con «todo esto» y entonces se seca las lágrimas con el dorso de la mano y sonríe casi orgullosa. Esto, insiste y señala el cielo rojo y las estrellas al mediodía, el agua que vira del verde al violeta pasando por el blanco, el viento intermitente, el espejismo sólido de una embarcación que a veces es un antiguo galeón pirata que nos viene siguiendo desde hace varios días y a veces es una de esas piraguas hawaianas donde hombres y mujeres floridas cantan «Ha'ina 'ia mai ana ka puana... Ha'ina 'ia mai ka puana. . .» y siempre el grito de un pasajero, diario y puntual, que se arroja desde la torre donde gira, mareado, el mas inútil de los radares.

Todo esto, insiste ella con un movimiento de su brazo que lo abarca todo. El fin del mundo, sonríe La Argentina y yo vuelvo a abrir la libreta.






Otro cuento –otro cuento más– sobre el fin del mundo. Breve preámbulo acerca de la necesidad apenas confesable de todo escritor, la casi obligación de contar el final de todas las cosas. Un cuento sobre el principio del fin del mundo, en realidad. Un cuento que tenga algo que ver con la isla de Santorini. La estupidez mítica de la Atlántida, la gigantesca broma que nos jugó Platón a partir de un acontecimiento verdadero. R. –un arqueólogo italiano, de Milán– me cuenta la historia de la isla de Santorini como posible estallido primal en el fondo del eco de tantas leyendas apocalípticas. La gigantesca explosión y el hundimiento del volcán de la isla de Santorini y la devastación cataclísmica sufrida por los palacios de Creta como consecuencia de la ola gigante generada por la erupción mil quinientos años antes de Cristo. Una conjetura adentro de otra conjetura. Un cuento, claro. Lawrence Durrell escribió sobre Santorini. Buscar también Santorini, por Christos G. Doumos y Santorini, por Artemios M. Mitropias. Cuento con turista argentina en Santorini, entonces. Turista argentina que, de algún modo, despierta la cólera de los dioses. Viajar a Santorini. No viajar a Santorini. Inventar Santorini.






La Argentina se seca las lágrimas, llora un poco más y dice que no sabe cómo empezar. Lo dice con un suspiro caprichoso. Yo le digo que lo mejor es que empiece por el principio, consejo que casi siempre es errado cuando la persona que lo recibe lee poco y escribe nada. Pasan algunos minutos que parecen años alrededor de la figura de su padre y ella era su favorita y un colegio con nombre ridículamente inglés y una madre alcohólica y un par de abortos y el novio de su hija y una boutique en un shopping center y un preparador físico y un auto importado y un poco de cocaína y el miedo a las cirugías plásticas después de lo que le pasó a la modelo esa.

La Argentina llegó a Santorini una mañana temprano. No llegó sola. Ella y una amiga. Le pregunto si su amiga está a bordo del S.S. Neptuno y La Argentina cambia de tema, se pasa la mano por el cabello, frunce las cejas, se humedece los labios con la punta de la lengua. La Argentina esconde algo. Un agujero negro en la historia. No tengo modo de explicarlo, una suerte de don que se desarrolla con el tiempo: los escritores poseen una suerte de clarividencia. No pueden adivinar el futuro pero sí están capacitados para presentir el desarrollo y hasta el final de una determinada historia.

La Argentina me cuenta que conoció a su amiga en el gimnasio, que descubrieron que iban al mismo psicoanalista y que, juntas, decidieron abandonarlo para pasarse a una de esas terapias alternativas. Algo que ver con revelaciones y con vestirse de blanco y con quemar incienso y tirar runas. Típicas maniobras fin de milenio. Subterfugios para esconder el terror de lo que vendrá al otro lado del almanaque y siempre pensé que el miedo convertía a cierto tipo de personas –esas que prefieren que les cuenten un libro antes de leerlo– en personas raramente articuladas, casi involuntariamente literarias en su discurso. Es una lástima que este no sea el caso. La Argentina habla como si avanzara por los desfiladeros de una fiesta fantasma y aburrida, como un telegrama inútil: pocas palabras y todas ellas equivocadas cuando se trata de hacer llegar un mensaje. De ahí que reproducir aquí nuestra conversación no sólo sería inútil e imposible –ya lo dije, no hay tiempo– sino también un eficiente ejercicio en el más exquisito de los sadismos.

La Argentina me cuenta que llegaron a una isla enviadas por su gurú personal. Un ex psicoanalista lacaniano que juraba haber Visto la luz y que ahora se hacía llamar –me pregunto si la alusión gardeliana será adrede– Rayo Misterioso. El hombre las había equipado caro con una serie de diagramas, esencias perfumadas, pases mágicos y una pirámide de aluminio desarmable. Aquí la historia se complica y La Argentina se vuelve más complicada como personaje. Está claro que ha bebido, que ha tragado pastillas y que no deja de llevarse a la nariz un coqueto y pequeño salero del que aspira profundo y seguido. Algo pasó o algo salió mal o salió demasiado bien. No bien llegaron a la isla, La Argentina y su amiga fueron abordadas por un guía local. La Argentina se ríe con la risa del guía cuando éste vio la «pirámide energética mística de poder» y se ofreció a llevarlas a la cueva donde vivía la Diosa a cambio de algo que no llego a entender del todo. La Argentina no me explica a cambio de qué pero algo rompe la superficie de su historia, como si una mano hubiera arrancado demasiadas páginas. La amiga desaparece y el guía desaparece –nada me cuesta pensar que están muertos, que fueron ofrendados– y de improviso. La Argentina enfrenta el rostro inmortal de la Diosa iluminado por la luz antigua de velas que nunca se consumen.

Le pregunto a La Argentina si la Diosa era una mujer bella y La Argentina me contesta que «sí, qué sé yo, más o menos, psé.. » y entonces –aburrida de sí misma, aburrida de mí, como si quisiera convencerme de que alguien la espera en algún lugar del barco, como si disparara las últimas balas en el último revólver– me cuenta el final de su historia con dos o tres oraciones más y se aleja demasiado erguida para ser alguien que camina por la cubierta de un barco donde todos son náufragos aunque todavía no lo sepan.

Ahora ya no pienso –como piensan los lectores, como pensaba yo durante mi juventud inédita– que los escritores son esos seres implacables capaces de captar con una mirada la esencia secreta de un ser humano para recién entonces ponerlos por escrito. Ahora comprendo que, en realidad, la maniobra es opuesta y es inversa: un escritor siempre se equivoca al juzgar a una persona y es este sagrado error el que permite la creación del personaje correcto. Nuestro oficio no es más que el constante y cada vez más perfecto ejercicio del error. Así, mi versión –mi visión– de La Argentina no es La Argentina.

Ahora escribo cuentos cortos. Muy cortos. Como mis viajes. Las razones son muchas, demasiadas, y ninguna al mismo tiempo. Con los avances tecnológicos, las distancias se han acortado y los desplazamientos por el mapa han perdido buena parte de su encanto, pienso. Yo vengo de una familia de viajeros, una familia en la que la idea de viajar, de alejarse, era una de las pocas formas posibles del afecto. La lejanía impuesta por océanos y continentes posibilitaba el milagro de las cartas como señales de humo o la estática de las conversaciones telefónicas en las que, de improviso, poco y nada costaba decir desde lejos lo que parecía imposible decir cara a cara. En cambio, he recibido la idea de imaginar miniaturas como la más inesperada de las bendiciones. Me gusta la idea de escribir una idea; el desafío de que una idea pueda ser un cuento, que la simple teoría de un cuento pueda ser leída como un cuento en sí mismo. Así, fantasmas de esposas muertas que vuelven todas las noches a dormir con sus maridos vivos; así hombres a quienes el agua les habla y les cuenta cuentos. Historias que se puedan recordar como se recuerda el vestíbulo de un hotel o la caída de un vestido de mujer o el golpe distintivo de la pelota contra el encordado de una raqueta de tenis, historias que no abulten demasiado las valijas porque, sí, la práctica de la memoria es ese viaje del que en realidad nunca se regresa.

Abro otra vez la libreta. Ahora escribo en ella mi breve ofrenda y no puedo evitar pensar en esta libreta como si se tratara del canto de las sirenas: otra pequeña isla donde naufragan escritores que se ven obligados a poner algo ahí adentro antes de continuar viaje. Busco una página en blanco y empiezo.

«Una mujer temerosa del paso de los años y aterrorizada por el asedio de las arrugas convoca a la figura de un diosa antigua y la atrapa mediante palabras mágicas y pentagramas arcanos en una cueva secreta de una isla antigua como el tiempo. La mujer le exige a la diosa que le conceda un deseo a cambio de su libertad. La diosa accede. La mujer no lo piensa demasiado. La mujer le pide a la diosa la juventud que, siente, comienza a escapársele por entre las manos, las piernas, el rostro. La mujer le dice a la diosa que quiere ser joven eternamente, joven hasta el fin del mundo. La diosa sonríe y le concede el deseo a la mujer. "Joven hasta el fin del mundo" sonríe la diosa al mismo tiempo que, vengativa e invencible, orquesta los primeros compases del último apocalipsis».






Leo lo escrito y no me gusta demasiado. Espero tener tiempo suficiente para corregirlo, pienso, sabiendo que no me alcanzaría todo el tiempo del mundo porque es muy poco todo el tiempo que le queda al mundo y que en realidad el destino de todos nosotros, los escritores que obedecemos al llamado de la vocación y no al afán de lucro, es una continua busca de pretextos para diferir el momento de tomar la pluma.

El mundo se va al Extranjero y yo vuelvo a la reposera donde encontré la libreta y la dejo ahí para que alguien la encuentre, para que otro continúe el cuento.






Alguna vez escribí que «lo que entendemos como realidad (algo similar ha sucedido con el plano de las grandes metrópolis) se ha expandido y ramificado en los últimos tiempos».

Alguna vez imaginé un cuento sobre el fin del mundo en los acantilados de un balneario argentino.

Alguna vez inicié un relato con «En algún sitio leí que un ceñido tapiz bordado de hechos desafortunados narra los días de los seres humanos desde su amanecer iniciático, pero a mí me gusta pensar que hubo tiempos de calma y reflexión y que por un certero mandoble de la suerte me ha tocado vivir ese instante caótico y grandioso del final».

Alguna vez –ya lo repetí demasiadas veces; ya lo dije, sin ir más lejos, en estas páginas, de acuerdo, pero siempre pensé que se trataba de una de mis ocurrencias más felices porque se trata, también, de una de las más sinceras– aseguré que me gustaría esperar el fin del mundo dentro de la penumbra plateada de un cine.

Sigo pensando lo mismo que entonces y no es común que uno pueda jurar, tanto tiempo después o apenas transcurridos cinco minutos, sobre sus propias frases ingeniosas. La vida –nada es perfecto, ha sido una buena vida de cualquier manera– rara vez imita a la literatura que uno practica y demasiadas veces a la literatura que uno desprecia. Podría ser peor. Un barco no está tan mal después de todo y si la noche ayuda, me dicen, quizá levanten una pantalla para proyectar una película que –como las películas de los aviones– nunca puede ser demasiado inteligente una película que flote. Adentro, bajo cubierta, baila el baile de disfraces y el cruce del Ecuador y comienza a sonar una orquesta de músicos que esconden su insalvable falta de talento detrás del supuesto refinamiento de máscaras venecianas. Una orquesta pequeña pero aun así demoledora al atreverse a una versión profana y swing de Bach. El aria que postula y organiza las Goldberg Variationen, creo, y trato de no oír. Después, enseguida, «La Mer» , de Charles Trennet. Un niño antiguo vestido de marinerito corre por cubierta pateando el cadáver de una gaviota mientras grita en perfecto latín «Forsam et haec olim meminisse juvabit». Un hombre solitario –sus vestiduras recamadas con hilos de oro, el báculo, la mitra me hacen pensar que se trata de un obispo– se detiene junto a mí y me dice algo en un idioma que no conozco pero que, sin embargo, nada me cuesta poner por escrito. «Porpozec ciebie nie prosze dorzanin zyolpocz ciwego», me explica con una sonrisa y el viento del agua agita su capa. Intento no oírlo y concentrarme en el océano que suena como un viejo disco de pasta, verosímil y lejano. Y yo miro al cielo y busco y encuentro el consuelo de una estrella reconocible entre el caos de las constelaciones que desde hace noches no dejan de moverse y reordenarse proponiendo nuevas figuras. A mi lado, una mujer llora sin siquiera presentirse culpable de todo esto pero sí asumiendo su mortalidad después de tantos años de soñarse eterna. No es la primera vez que escucho a una mujer llorar junto a mí, claro, y ahora el capitán anuncia en voz alta y por los altoparlantes que está nevando en Buenos Aires. Lo repite varias veces, como si necesitara de la incredulidad y sorpresa de los pasajeros para poder empezar a concebirlo. A mí no me sorprende demasiado. La gente forma pequeños grupos en cubierta y se inquietan porque es diciembre, porque es verano. Me dan ganas de decirles, de gritarles, que diciembre no es ni nunca fue; que incluso verano o hasta Buenos Aires no son más que una de las tantas convenciones propuestas por el hombre al intentar la organización de todo aquello que nunca comprendió ni jamás comprenderá; que tan sólo la efímera idea de nieve tiene alguna solidez, algún peso específico y trascendente. No tendría ningún sentido, claro. Entonces, a lo sumo, la falsa preocupación de una sonrisa verdadera. Decir apenas pero qué barbaridad... y seguir caminando, las manos entrelazadas detrás de la espalda, respirar hondo el aire de mar cargado de bestias.

Es en estas situaciones que resulta verdaderamente práctico ser lector: ubicarse un poco afuera de todas las cosas, como si se las leyera. El privilegio de, por una vez, saberse más testigo que protagonista y no tener que decidir entre el por qué no se me ocurrió a mí o el qué suerte que se le ocurrió a alguien.

Nada me cuesta imaginar que cerca del final de sus existencias –a modo de coartada invencible del crimen perfecto o de providencial salvavidas que sólo se le ofrece a quien nada tiene que ver con la presión en las calderas, el curso trazado y la punta del iceberg–, los escritores vuelven a ser personas inocentes. Los escritores retornan a su condición original, recuperan para sí la piel del feliz lector que alguna vez fueron y vuelven a enfrentarse con la irresponsable valentía de quien se sabe invulnerable a una trama sobre la que no tiene poder alguno salvo el de arrojarla por la borda para verla hundirse o nadar.


Así, ahora, cierro la libreta y prefiero seguir mirando hacia arriba, hacia la noche sin fondo, mientras me pregunto acerca de lo que tantas veces teoricé llegado este punto de la travesía sin esperar certeza alguna salvo el renovado prodigio de que algo va a ocurrir, de que algo se me va a ocurrir. ¿Cómo termina esta historia? ¿Cómo empieza la próxima vida?, me pregunto mientras el barco continúa su curso inclinándose ligeramente a babor o a estribor, como si diera lo mismo, como si todas las aguas condujeran a ese único e inevitable destino.







en La velocidad de las cosas, 1998