
Entrar en la poesía de Eduardo Anguita es sumergirse en el espacio de lo absoluto. Tiempo, lenguaje, amor, muerte, sueño, vigilia, crítica y silencio -melodiosamente detenido- pueden ser algunas de las palabras que prefiguran (y jamás contienen) la poderosa voz de uno de los poetas más extraordinarios de la literatura chilena.
Un autor casi desconocido para la inmensa mayoría, pero siempre revisitado por sus leales lectores. Un poeta que huyó de lo vulgar, de lo intranscendente, de las modas y etiquetas; un escritor de una pureza hoy casi inconcebible por su pasión y su entrega: jamás cercano al poder, nunca en el vano comercio de las ambiguas prebendas.
Eduardo Anguita es, como muy pocos, un poeta con una ética incuestionable, pero una ética que no sólo habla del humano personaje detrás de las máscaras del poema, sino del autor que reflexiona, se conmueve y se deslumbra en la agraz perfección del lenguaje; que cuestiona al mundo y a su voluntad de permanencia; que investiga en el tiempo, en la historia y en el amor, los secretos humanos y divinos de la existencia que puede, en la belleza, redimir sus sombras y su oprobiosa fragilidad.
La lectura de su obra, tanto en verso como en prosa, no puede dejar de estremecer. Su incalculable valor reside en abrir las puertas del misterio para saber que otros secretos más enigmáticos o lejanos esperan por aquel que ha traspasado el umbral. Y no se trata de un poeta "hermético" (esa palabra que tanto resume y que tan poco dice), por el contrario, se trata de un poeta que interroga, que nunca pontifica, que relativiza su mirada y las miradas de todos los que lo acompañan para saber que poco se sabe, que mucho se intuye, que algo se cree, pero que todo o casi todo es una interrogación presidida por la muerte y ese extraño tránsito que se suele llamar existencia.
Huidobro, la vanguardia y la tradición
Pero lo interesante es la integración de universos que Eduardo Anguita realiza en la composición de algunos de sus textos. Su poesía no se deja llevar sólo por el impulso de la vanguardia. Por el contrario, el poeta intenta conciliar instancias aparentemente irreconciliables para otros escritores más intransigentes, de esta manera su poesía integra con inteligencia y concordancia las fuentes de la tradición más clásica. En lo que respecta a su inscripción como poeta hispanohablante, Anguita no olvida ni por un momento el peso de la literatura castellana [3] y en muchos de sus poemas es posible rastrear el influjo de la literatura medieval, renacentista y barroca española. La danza de la muerte, Las Coplas a la muerte de su Padre, El libro del buen amor, Los Milagros de Nuestra Señora, las Églogas de Garcilaso o los Sonetos Metafísicos de Quevedo son intertextos vitales para entender hacia donde se proyecta el poeta. En sus indagaciones sobre el tiempo, por ejemplo, su visión alterna el pasado, el presente y el futuro (los saltos en las formas verbales son evidentes), pero también el trabajo con el lenguaje y con la propia literatura indican un desplazamiento hacia diferentes contextos poéticos. De esta forma, Anguita "juega" con el lenguaje para detener al tiempo en esa admirable inmovilidad de muchos de sus poemas (las metáforas son del hoy, los contextos múltiples) parafraseando incluso a los clásicos más conocidos. En esta línea es posible encontrar el bello poema dedicado a Huidobro "Mester de Clerecía en memoria de Vicente Huidobro (Por encargo de Gonzalo de Berceo)" donde el poeta utiliza el arcaísmo lingüístico y el estilo de la época para celebrar a uno de los poetas más innovadores de toda la lengua:
Si estos procedimientos pueden llamar la atención del lector, la búsqueda del poeta por una precisión mayor de su lenguaje y de sus imágenes lo llevan incluso a incorporar señales culturales de otras tradiciones, ya no occidentales (o al menos europeas). Es así que, por ejemplo, en "Venus en el pudridero" veremos alusiones e intertextos con los Upanishad Chandogya y el Kama Sutra de
Esta oscilación entre vanguardia y distintas tradiciones constituyen un esfuerzo casi sin precedentes en la poesía chilena. Autores posteriores (y algún otro exponente de la generación del 38 como Miguel Serrano) seguirán caminos paralelos. Lo prodigioso de Anguita es su capacidad por entender que en su vastedad y diferencia el mundo posee identidades comunes y una simultaneidad extraordinarias.
Anguita propone varios pasos para transitar desde el estado poético hacia el estado heroico (objetivo de ese peregrinaje)[6] Primero, "vaciar la realidad (...) y luego, mediante la progresiva proyección voluntariosa de la visión sobre el vacío, crear el estilo de objetos y de actos que funcionen orgánicamente, a semejanza del hombre (...)"[7] . En segunda instancia, propone "trabajo convulsivo. Todo poeta, todo artista, en el instante primero de la inspiración pasa por un 'estado en blanco', en el que las convenciones lógicas y de toda especie caen estrepitosamente derrumbadas (...) Sin esta destrucción previa, ¿cómo podríamos erigir el nuestro?(...) Vaciar categorías mentales. Por ejemplo: utensilios de uso diario: vasos, tazas, sillas, etc. (...) Trastornarlo todo. Usar las copas de champagne para lavarse los dientes, etc. Levantarse a las 2 de la mañana; acostarse a mediodía. El rojo como luto. Vestuarios, costumbres, cortesía. Después: proyección de nuestra vida en los objetos, hasta darle el uso que realmente creemos y queremos. La verdad poética como inspiradora"[8] . En una tercera etapa, que el poeta llama de "Realismo Cruel", "(...) romper la cáscara de convencionalismo que recubre toda soi-disant moralidad (...) Pero es no bastaba. Nosotros queríamos una moral. Queríamos mucho más que servirnos de la poesía actuante como instrumento catártico. Debía venir después la síntesis, la verdadera síntesis entre nuestras instancias vitales (...) una síntesis entre mi voluntad, arbitraria, y esa Necesariedad a que me somete el mundo de la lógica que tampoco puedo desconocer. Tengo derecho a pedir a la poesía ser un perfecto instrumento para conducir al hombre a la vida y la verdad, a la verdad y la vida (...)"[9] . Siguiendo esta dirección propuesta, se llega al cuarto punto que el poeta postula, la "Proyección voluntariosa" que es justamente la idea de entender a la poesía como transformadora y herramienta esencial para el cambio de la realidad "(...) ¡Mundo de
Esta ruta que el poeta establece permitirá el ascenso del hombre "(...) de
Estas categorías y estadios en el peregrinaje del poeta intentan proponer un cambio donde la poesía pueda salir del universo libresco hacia el universo de la realidad. Una práctica cercana, como el propio autor afirma en este mismo artículo, al surrealismo, pero que, a diferencia de éste no busca un objetivo político, sino que religioso. Inevitablemente, agrega Anguita en uno de los ensayos publicados en el diario "El Mercurio" y luego recopilado en su libro La belleza de pensar [15] "el poeta habría pasado de poeta a sacerdote", una práctica escritural que apela a la fe y que se vinculará al catolicismo que profesaba Anguita. Un catolicismo de auténtico compromiso que se encuentra lejos de lo beato, aunque muy cercano a un vínculo sincerísimo con los valores cristianos.
No debe considerarse como un fracaso el hecho que Anguita no lograse ampliar su proyecto del movimiento David hacia otros artistas chilenos. Si la idea no fructificó o no pudo comprometer a terceros, fue éste el camino que el propio poeta se trazó a si mismo: una línea de estética que se sitúa hacia la ética, hacia una moral donde el escritor desea fervorosamente cambiar al mundo, perfeccionarlo, dotarlo de la humanidad que ha olvidado o perdido. Un trabajo idealista y casi imposible, pero que en los textos de Anguita puede verficarse como satisfecho.
Varias son las constantes recurrentes en los tres poemas citados (y en casi toda su obra). Los grandes temas de la poesía (el eros y el thanatos, el amor y la muerte) más una singular concepción del tiempo y el lenguaje recorren su escritura interrogando, reflexionando y apelando al lector continuamente. En la mayor tradición del texto eliotiano, Anguita fragmenta el espacio del poema, de la estrofa, del verso, para entregar la inmensa vastedad del mundo desde esa visión caleidoscópica y en clara consonancia con el espíritu de la vanguardia. Temas y procedimientos construyen un universo en conjunto y no por separado (y he aquí otro de los hallazgos de este poeta): el lenguaje y el asunto se desplazan, sugieren y operan, desde sus distintos planos, en una misma dirección. Cuando el poeta canta a la belleza del amor lo hace desde la ejecución perfecta de la lengua, alterándola si es necesario, pero desde la belleza del lenguaje, asentando su propuesta de himno no en la sola formalidad del género, sino en la búsqueda de unión entre significante y significado, entre el cómo se dice y qué se dice. La preocupación formal constituye un eje central de la estética anguiteana, su verso nunca es desmedido, nunca desprolijo, al contrario, se puede hablar incluso de una verdadera obsesión porque la palabra fluya en la precisión exacta, para que la idea cabalgue en la metáfora sin perder la espontánea fragilidad de su hermosura. Una vez más la unión del conocimiento de la literatura clásica y la fresca y oxigenante fuerza de la vanguardia.
Pero clasificar a este autor es inútil y ocioso. Sus grandes poemas no pueden sólo delimitarse a la evocación del amor, de la muerte o de la belleza. Su visión de mundo es tan completa que la pluralidad de enfoques y de temas convierten a estos textos en piezas únicas, en un crisol donde distintos rayos lumínicos atraviesan su arquitectura. Si Venus en el pudridero apunta a ser un canto amoroso, también es una lectura de la sociedad contemporánea y de la caducidad de lo perfecto. El tiempo, el poder, la juventud y la propia poesía son examinados desde su valor intrínseco hasta su alucinante vacío. Los sentidos, el cuerpo y el deseo que aparecen en Definición y pérdida de la persona como formas de conocimiento del tiempo y la eternidad (temas paradigmáticos de Anguita) son escindidos y desaparecidos para rehacerse en la oración del poeta que reza para cuestionarse por su propio origen y destino. La fragilidad de la existencia y el poder de la naturaleza aparecen en El poliedro y el mar como una de las múltiples preguntas que el autor realiza en la reflexión permanente que plasma en su poesía. El tiempo cíclico y el tiempo mítico, el que transcurre y el que se detiene, el real y el poético será otro de los grandes tópicos que abordarán estos poemas.
Recorrer la geografía abstracta de las ideas, de las emociones, de las grandes preguntas -conjuntamente con la geografía auténtica del cuerpo, las distancias, la belleza- es una de las propuestas finales de estos poemas y de buena parte de la obra del poeta: acariciar la inquietud, el deseo, la fe, la conciencia del ser y la terrible y mágica realidad de la existencia.
La lectura de sus poemas y de su prosa -siempre penetrante, siempre lúcida, siempre en el límite del asombro y el deslumbramiento- es la inacabable experiencia de lo que permanece en una suerte de eterno retorno, de necesidad y obsesión, de perfección que anuncia el estremecimiento, la devoción y la grandeza.
En lo que atañe a la obra en verso, se han respetado los textos en su totalidad sin fragmentarlos. Se ha intentado entregar una visión objetiva de sus poemas más interesantes y representativos de las distintas etapas de su producción. El antologador no duda que muchas otras opiniones muy criteriosas y de distinto sesgo podrían proponer una selección distinta a la muestra presentada.
Con respecto a su obra en prosa, se han reunido algunos textos que han permanecido misteriosamente sin reeditar desde su primera publicación, es el caso de "Palabras al oído de México" y "Rimbaud pecador", esenciales para entender y valorar su pensamiento estético y poético. Igualmente se reproducen algunos artículos publicados en la prensa de muy antigua data y una selección de las crónicas más relacionadas con la escritura literaria que fueran recogidas en su libro La belleza de pensar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario